29.10.17

La confianza sin ceguera

"...los hechos se asombran cuando nosotros nos asombramos de que acaezcan..."
Ramiro Pinilla, Las ciegas hormigas


Anhelamos sentir confianza. Cuando lo hacemos, reposamos en ella como en lecho seguro y confortable. La consideramos uno de los estados óptimos del ánimo y en ella crecen prodigiosamente la alegría, la determinación o la amistad.

Mas la saludable confianza tiene una doble, una impostora tuerta, coja, mezquina y gritona: la seguridad. Ambas se visten con los ropajes de la esperanza en que cuanto pueda salir bien, así lo hará. Pero se las distingue por un detalle nimio, una pluma de más en el sombrero, aunque crucial: la seguridad niega cualquier posibilidad de que algo se tuerza. La rechaza con la misma enconada terquedad con que el catastrofismo niega cualquier posibilidad de que algo fructifique. Seguridad y catastrofismo se asemejan mucho más que seguridad y confianza; se dan las manos y bailan vigorosamente a su son predilecto, el de la incertidumbre. ¡Qué espléndido guiñol sin fin escenifican en el teatrillo de nuestras cabezas! ¡La una pronostica abundancia festiva universal, el otro la aporrea con los agüeros lúgubres de la devastación, ahora tú y luego yo y vuelta a empezar!

Así las cosas, cierto grado de descreimiento resulta benéfico y recomendable. Ganamos si perdemos esa seguridad que se horroriza, con golpes en el pecho y demás aspavientos, de que según qué maldades e injusticias sean posibles. También si desechamos ese catastrofismo que se regocija en tener razón respecto al puntual advenimiento del fuego y la peste. Entregarse a remilgos y repugnancias cada vez que la realidad desmiente nuestras mejores expectativas, o deshacerse en vanaglorias cuando confirma las peores, equivale a derrochar nuestras fuerzas en humo.


 Fotografía: "Confianza", Salva Artesero.


Mientras, una confianza serena y atenta es capaz de asumir la amplitud de las manifestaciones de lo humano. Sabe que todo lo realizable es posible. Cuenta con que las grandes palabras admiten interpretaciones diversas y con que las grandes pasiones aguijonean al hombre en su fuero interno hasta que contempla como lícito lo que antes le hubiera parecido reprobable. No ignora que la sentencia cínica que afirma que "el fin justifica los medios" es credo para muchos, y que hasta hay quien la reformula como "mi fin justifica cualquier medio" para mejor seguirla a pie juntillas. Y advierte que las inquietudes morales no son límites físicos ni leyes necesarias, sino norte intangible en la brújula de cada ser humano, y que a menudo son tomadas a risa como cosas de niños o mojigatos.

Esta clase de confianza aplomada y cauta, esperanzada sin ceguera– nos libera de la porción más inútil de la lucha: la de las largas y agotadoras alharacas tras cada contratiempo. Nos desvenda los ojos para que veamos la realidad en bruto, nos desenjaula el corazón y la cabeza para que comprendamos cabalmente lo que vemos y nos desencadena las manos para que podamos obrar en consecuencia.

21.10.17

El mandato implacable del pensamiento único

 Fotografía: "Més enllà de les pedres", Salva Artesero.

Hasta los hombres y mujeres más próximos, afables y aun razonables, dan síntomas de rigidez beligerante cuando asumen el mandato implacable de pensar sin tregua en una sola cosa. El martilleo porfiado de la idea obligatoria, una vez absorbida por la mente y el hígado, los va enajenando y les cierra los ojos a la multiplicidad maravillosa que se despliega a su alrededor. Cuando otro ser humano, sensible o resistente, percibe la magnitud del universo y trata de comunicársela, ellos mismos le tapan la boca con la indiferencia o el estigma. El pensamiento único o unidimensional combate todo atisbo de la inmensidad de la realidad, porque ésta deja en evidencia y al instante su rotunda pequeñez.

Hay un tiempo natural para cada cosa, y hay un tiempo programado de manera interesada para que cada cosa reciba la atención que otros han juzgado conveniente. No me refiero sólo a compartir y defender una opinión colectiva compacta, sino en última instancia a entrar al trapo del tema que la agenda social ha marcado como ineludible. 

Quien rechaza incubar y alimentar la idea imperativa, quien no sucumbe a la dominación del discurso dominante, quien se hace cargo de su propia mirada, su razonamiento, sus palabras y sus actos, es tenido bien por paria o bien por rémora. Prefiero considerarlo disidente.

He aquí un llamamiento utópico a la disidencia: cultivemos el pensamiento múltiple. Miremos más allá del horizonte artificial. No le insuflemos nuestra vida y nuestras fuerzas a cuestiones impuestas prestándoles una importancia exacerbada de la que carecen. Desconfiemos de voceros y monolitos: todos los emperadores van desnudos. Abracemos la complejidad inabarcable y las contradicciones aparentes. Dejémonos de dogmas. Pensemos. De verdad y sin pereza. Por nuestros propios medios.

8.8.17

Big bang

Cuando sepas abrirme
tu corazón en cuenco o en galaxia
para acoger en él
este amor que te ofrezco;

cuando en tu balanza
los planes y los planos,
las plazas y los plazos,
las casas y los casos y los cazos
pesen menos que el amor que te ofrezco;

cuando sea valioso
para ti lo que es
para mí más real:
la noche, el bosque, el tiempo,
el mar, el dar, la risa,
el abrazo, el consuelo,
los colores del mundo,
el murmullo del alma
y el amor, ¡el amor!,
como el que ahora te ofrezco;

a partir de ese instante
podrás llamarme tuya:
congénere, comadre,
amiga, compañera,
contemporánea tuya.

Pero no lo hagas antes,
no nos mientas en esto.
Hasta que no recibas
mi amor como oro en paño,
no compartimos nada.
No eres nada mío.



2.8.17

Cerremos las sucursales

La exploración, comprensión y divulgación honestas de la verdad no se cuentan entre los principios fundamentales de la publicidad o el entretenimiento. Ni siquiera entre sus potenciales beneficios tangenciales. Cuando la industria de la venta y la distracción nos dice una verdad, lo hace por conveniencia o por error.

Y sin embargo, son muchas las personas que restringen su visión de la vida a lo que les inculcan los medios –omnipresentes–, y que reducen su idea de creatividad a las ocurrentes y fácilmente digeribles triquiñuelas publicitarias.

Hombres y mujeres huyen así del cuestionamiento interior, que tiende a poner patas arriba el relato dogmático y confortable sobre quién soy y en qué mundo vivo. Pero en esta evitación instintiva de la inquietud, se arrojan a los brazos del verdadero enemigo: la indiferencia existencial. Es decir, la flojera de la voluntad, la ignorancia o la exacerbación innecesaria del sentimiento, y la renuncia a la acción transformadora.

Adoptar una posición de indiferencia existencial equivale a dimitir de vivir la propia vida. Guiarnos por "lo que nos dicen", "lo que ya se sabe" y "lo que es así" supone convertirnos en una sucursal que asume, defiende y propaga intereses de otros. Y basta con echarle un vistazo a la prensa antigua –de apenas unos años atrás para hallar en ella leves o evidentes discrepancias con el discurso del presente: cada nuevo objetivo interesado requiere algún ajuste ideológico.




El camino que han recorrido durante siglos el arte y la ciencia movidos por un interés más amplio que el de una cuenta de resultados es el de la exploración, comprensión y divulgación honestas de las verdades profundas sobre quiénes somos y en qué mundo vivimos.

¿Seguirá usted fiando sus convicciones y sus decisiones a la familiaridad de un programa televisivo, a la simpatía de un vídeo en la red o al impacto de un anuncio? ¿No le parecen el arte y la ciencia espejos más precisos? ¿Que no tiene tiempo de reformular sus creencias desde la autenticidad, la coherencia y la humanidad? ¿Está en su derecho de declinar cualquier invitación a pensar, sentir y actuar? Oiga, pero... ¿usted quiere vivir?



Cuadros de Greg Dunn

27.6.17

Certeza

Espera.
Aún no te quejes
de que otro no te ve.

Pregúntate primero
si de verdad estás
aquí. Si eres tú

quien existe y se muestra,
o si es esa otra,
tu impostora, la imagen

almidonada y hueca
(acaso más segura)
que a veces das de ti.




24.6.17

Extrañeza

Lejos.
Lejos de mí los muebles,
el calor y el pautado,
civilizado, paso de las horas.
El ruido y el silencio,
lejos.

Con cauto disimulo,
intercambian señales
y carraspeos. Me observan
como a una enajenada.
Sospechan.
Lejos.

Mi almohadón y mi brisa,
mi mediodía, mis ranas
y este callar a gritos
se erigen en un torvo
tribunal familiar:
me acusan de extranjera.
De ajena de mí misma,
ya que distante de ellos.

¡Si los reconociese!
Los miro, los remiro.
Todavía más lejos.




6.5.17

La vida Rubik



Ernő Rubik inventó el rompecabezas mecánico que lleva su nombre en 1974. Geométrico, colorido y complejo. Un hallazgo. Resolverlo ex nihilo debe resultar una tarea apasionante del ingenio, un despliegue de las propias capacidades, un ejercicio de aprendizaje y conceptualización a partir del ensayo y el error, una prueba de entusiasmo, de confianza y de paciencia. Hacerlo investigando, acrecentando los recursos individuales o en colaboración, parece más asequible e igualmente estimulante. Reproducir literalmente los pasos que otro nos indica o recurrir a un solucionador en línea quizá procure la satisfacción de ver cómo cada color vuelve a su cara original, el orgullo pueril del resultado, pero tiene más de proceso mecánico que de rompecabezas. Los defensores de este procedimiento esgrimen las ínfimas probabilidades estadísticas de desentrañar el enigma. Y aquí el dilema es sencillo: ¿cuál era el objetivo auténtico del juego?, ¿indagar en las múltiples posibilidades de lo desconocido o averiguar y seguir unas instrucciones de montaje?

La vida apareció mucho antes, y es un rompecabezas más colorido y complejo que el de Rubik. Para empezar, no consta de seis caras, cada una con nueve teselas llamativas e iguales. Se trata más bien de un poliedro de infinitas facetas. Y no sólo está fragmentada y revuelta, sino que se manifiesta rebelde y aleatoria en cuanto intervenimos tratando de dotarla de algún tipo de orden. Parece un artilugio animado y caprichoso, así que a veces lo embarga a uno el deseo de proveerse de alguna guía útil que lo ayude a comprender y afrontar tanto caos. 

Por eso, igual que anda el mundo lleno de métodos para solucionar el Rubik, abundan los sistemas que, debidamente cumplidos, prometen resolverle a uno el puzle existencial. Aquellos han probado su eficacia. Pero estos que atañen a la vida no podrían hacerlo aunque quisieran: ¿qué obtienen?, ¿una vida ordenada?, ¿cómo y para quién? ¿Es que hay una vida única y deseable para todos? ¿Acaso no es la propia indagación vital el objetivo mismo de nuestro cubo?

28.1.17

Cromañones de nuestros adentros

Solemos saber lo que tenemos, siempre y cuando sea contable propiedades, ingresos, deudas, enfermedades, parentela, herencias. Tampoco se nos escapa lo mucho que hacemos para eso están agendas, obligaciones, exigencias, reproches. Peor fortuna corre nuestro mayor caudal: lo que somos. Permanece ignorado y relegado al trastero de nosotros mismos. Somos cromañones de nuestros adentros.

La observación y el conocimiento de lo intangible requieren algo más que saber contar. Requieren querer ver y aceptar que lo que se ve existe, nos guste o no. Para empezar no faltan ocasiones: todo en nosotros y aun alrededor nuestro proclama a gritos lo que somos y lo que es.

También el arte apunta, como un dedo valiente e incansable que señala las verdades incómodas, hacia allí donde escuece mirar. Donde cura. Con dulzura y firmeza entra en nosotros. Pinta una marca en los tabiques que condenan las puertas de algunas habitaciones del alma. A veces abre un boquete en ellos para que podamos echar un vistazo. Derribarlo o no después ya es cosa nuestra.

En esta dirección camina decidido el espectáculo "Las ávidas raíces" que la compañía Cos de Lletra presentará el próximo 17 de febrero en la Sala Sandaru de Barcelona. "Las ávidas raíces" pasa por el cedazo tupido del teatro las sombras del amor entre padres e hijos: los innumerables modos en que este amor se usa como cláusula y moneda en un negocio absurdo y cotidiano donde podemos acabar renunciando a lo que de veras somos. No es poca cosa. Atrévanse a ventilar su casa interior. Vengan a la función y vean, quizá por primera vez, paredes que los ocultan de sí mismos. Sin ser ¿qué valor tienen el hacer y el tener?




31.12.16

Calendario del payés afortunado

Veámonos por un instante como lo que realmente somos: lodazales. Barro animado, según confirman fuentes mitólogicas del Génesis e investigaciones biológicas de la Universidad de Cornell.

Reconozcamos cada cuerpo humano como una porción de tierra generosamente irrigada, ventilada y abonada. Un chollo agrícola: semilla que cae, semilla que prospera.

Imaginemos lo que eso supone. Admitamos que hemos estado ignorando, desdeñando o negligiendo nuestro papel de labradores. A pesar de ser nosotros mismos el lugar donde crecen los frutos que luego vamos a tener que tragar y digerir, desatendemos lo que allí plantamos.

Por fértil que sea un terreno, no producirá lo que allí no se siembre. ¿Qué estamos sembrando? 

¿Qué dice? ¿Que usted, pobrecito, recoge lo que no ha cultivado? ¿Que es culpa de otros, que con sigilo alevoso le enterraron semillas de ponzoña? Vaya, vaya... Escuche atentamente: hasta el más desafortunado campesino que haberlo, lo habrá–, ése al que le ha tocado un campo que está infestado de malas hierbas traídas por el viento con raíces tan hondas que consumen sus fuerzas y las del mismo suelo sabe que su única esperanza de producir siquiera un fruto comestible depende de la diligencia con la que arranque los hierbajos. Si cree que ése es su caso, ¡remánguese y deje de regarlos con esos lagrimones!

Para el resto, los que hemos recibido un cuerpo-huerto estándar, hay grano de siembra, esquejes, yemas y bulbos de aquello que decidamos plantar y hacer crecer. Sean los tradicionales buenos propósitos de esta noche nuestro particular calendario del payés, que no dará cosecha a menos que se atienda.