26.5.12

Los testigos implicados

La compañía Cos de Lletra estrenará “Los niños tontos” de Ana María Matute en el Círcol Maldà de Barcelona el 5 de junio. Las representaciones tendrán lugar cada martes y miércoles de ese mes.

La primera lectura de Los niños tontos de Ana María Matute cae en el alma como un vaso rebosante de aguardiente. A quien lo apura de un trago, le corta el aliento. A quien lo sorbe con parsimonia, le pone áspera la lengua y le enciende los ojos. Contemplados al trasluz, libro y vaso presentan la transparencia de un orujo desnudo. Al paladar, en cambio, se vuelven densos, con la sequedad cremosa del alcohol reposado.

La destilación de este licor concentrado, esencial, se lleva a cabo de forma casera. Su receta es ancestral. Ana María Matute macera una materia prima que recoge fresca –como se vendimia fresca la uva–, los abusos que se cometen con la infancia. Materia prima que abunda todavía en nuestros días. Después, destila esa uva fermentada ciñéndose a la pauta maravillosa del cuento tradicional.

 
"Fantasmas", de Salva Artesero

En el mismo bosque por donde iban y venían Pulgarcito, Hansel y Gretel, Caperucita o Blancanieves, encuentran su perdición irreversible los niños tontos. Se pierden en rincones sombríos. No lo hacen siguiendo a ningún extraño malévolo, ni sucumbiendo a ninguna amenaza sobrenatural, sino inmersos en su cotidianidad pedregosa y de esparto, faltos de una mano que los sostenga, una mano más grande que la suya. Por eso, aunque Los niños tontos sea un conjunto de narraciones sobre niños, no están escritas para el lector infantil. Estos cuentos trágicos emborrachan, desvelan, dejan la piel en carne viva.

Ana María Matute consigue pintar una realidad intensa envuelta en una neblina poética que, lejos de difuminarlos, aviva sus colores. Nos la relata disfrazándose de narradora omnisciente, ajena a cuanto sucede, cuando en verdad ella es una niña tonta que conoce bien el dolor que martiriza y el peligro que acecha a quienes carecen de cosas tan básicas como afecto, atención o esperanza. No nos habla en calidad de testigo distante, aunque mantenga callada su implicación y se cuide de no ensuciar con reivindicaciones ni proclamas su testimonio literario. 

Tampoco son meros observadores impasibles los fotógrafos cuyas obras ocuparán el vestíbulo del Círcol Maldà durante las representaciones del espectáculo "Los niños tontos", de la compañía Cos de Lletra. Allí se expondrán, por una parte, seis fotografías del Fondo Hermanos Mayo, seleccionadas para este montaje por Joan Corderas i Plans en el mexicano Archivo General de la Nación; y por otra, seis fotografías de R. Renom. En ambos casos, las imágenes muestran niños que comparten con los niños tontos de Matute un rasgo fundamental: mientras que al espectador podrían parecerle dignos de compasión, ellos luchan con sus pequeñas armas para no rendir del todo su inocencia infantil al ejército devastador del desencanto adulto.

20.5.12

Obedece y calla

La compañía Cos de Lletra estrenará “Los niños tontos” de Ana María Matute en el Círcol Maldà de Barcelona el 5 de junio. Las representaciones tendrán lugar cada martes y miércoles de ese mes.
 
En tiempos de Los niños tontos de Ana María Matute, se enseñaba a las criaturas a observar estricto silencio, respetuoso o atemorizado, en presencia de los adultos; se les enseñaba a no hablar si no eran preguntados; se les enseñaba a obedecer sin chistar. Luego, acogiéndose a aquello de que quien calla otorga, se confundía su forzosa mudez infantil con la ausencia de ideas, de conclusiones o de voluntad propias.

Pero esos niños, aun callados, pensaban. Sin embargo, su lógica asilvestrada los llevaba por derroteros imprevisibles, y su imaginación maravillosamente desbocada se les presentaba a menudo como algo más real que esa realidad circundante sobre la que no se les consentía decir palabra. Entonces los niños condenados al silencio corrían peligro, porque de muy poco les valía que los despiojasen, que les embutiesen un plato de garbanzos o que les comprasen ropa usada cuando la que llevaban ya no les dejaba respirar de tanto como les apretaba, si nadie se preocupaba de enseñarles a arrancar de su pensamiento y de su corazón el temor oscuro, el rencor amordazado y la desesperación secreta que iban enraizando.

 Fotografía de Laura Varela Lima

Los niños con la boca cerrada a cal y canto tarde o temprano echaban por el atajo y recurrían, en su ignorancia ignorada por todos, a remedios que acababan siendo peores que el dolor que los aquejaba.

Estos niños desatendidos, que pasaban desapercibidos entre las sombras de los adultos hasta que su final trágico los convertía en el centro de mil atenciones póstumas e inútiles, no se extinguieron con el fin de la posguerra. Todavía en nuestro siglo, tecnológico y democrático, los niños tontos y hambrientos se ahorcan silenciosamente con el cable de la consola; lo hacen sin un gemido para no molestar a sus padres, que lloran el paro o el miedo al despido a escondidas y que entierran su frustración y su vergüenza por los rincones.


17.5.12

Tontos de remate

La compañía Cos de Lletra estrenará “Los niños tontos” de Ana María Matute en el Círcol Maldà de Barcelona el 5 de junio. Las representaciones tendrán lugar cada martes y miércoles de ese mes.


Tres lectoras inteligentes de trece años señalan que les ha inquietado el modo en que tratan los adultos a los niños en El camino de Delibes. «¿Cómo diríais que se portan con ellos?», insistimos. «Como si fueran tontos», afirman sin dudar.

Niños en el campo mísero de un país asolado por una guerra todavía reciente. Niños sitiados por unas circunstancias penosas. Niños invisibles para los adultos que –pese a compartir con ellos el espacio físico de la casa, la calle, la escuela– sólo tienen ojos y oídos y brazos y aliento para deslomarse tratando de cubrir las necesidades más urgentes. Niños a quienes la felicidad instintiva de la infancia se les atraganta, envenenada por un aire corrompido –de violencia, de dureza, de carencias hondas– que todo lo invade. Niños desgraciados en una tierra en la que crece, firmemente enraizada, la certeza de que los listos viven bien, de que quien siembra astucia recoge abundancia.

 Fotografía de José Miguel de Miguel

Así, estos inocentes niños abandonados, que acaban sucumbiendo sin remedio bajo la losa de la realidad –demasiado pesada para sus cortas fuerzas–, deben ser tontos. Tontos de remate. ¡Si hasta se mueren de puro tontos, los pobres!

Los niños tontos de Ana María Matute representan la misma infancia acosada –tierna y espinosa, frágil y valiente– que el Mochuelo, el Moñigo y el Tiñoso de Delibes. De hecho, la literatura española de los años cincuenta aparece generosamente poblada de niños tontos, y no lo hace por capricho, ni por tradición, ni por artimaña comercial alguna. Sus protagonistas encarnan a buena parte de los niños de entonces, los mismos niños tontos que hoy cuentan alrededor de setenta años, que conservan vívido el recuerdo de lo poco que tuvieron y de lo mucho que les faltó, y que salen con pancartas a las plazas porque no están dispuestos a aceptar dócilmente que sus nietos pasen por lo que ellos pasaron.


 Fotografía de Salva Artesero

11.5.12

El bastión inexpugnable

La compañía Cos de Lletra estrenará “Los niños tontos” de Ana María Matute en el Círcol Maldà de Barcelona el 5 de junio. Las representaciones tendrán lugar cada martes y miércoles de ese mes.

Los niños tontos, conjunto de relatos poéticos breves de Ana María Matute sobre las infancias resquebrajadas de la posguerra, narra historias infinitamente tristes, amargas, desoladas. Las esboza en pocas pinceladas, pero de gran exactitud. La prosa de la autora aparece aquí contenida y la prodigiosa expresividad de cada texto emerge a partir de la precisión minuciosa de cuanto se dice y de la cruda evidencia de cuanto se calla.

Los niños tontos constituye una sucesión de tragedias en el sentido más estricto de la acepción: sus protagonistas –seres moralmente superiores al lector y al espectador– intentan mejorar con todas sus fuerzas y sin conseguirlo una situación desagradable que enfrenta sus intereses personales con intereses colectivos.* ¿En qué sentido son moralmente superiores a nosotros la niña fea, el niño que era amigo del demonio, la niña de la carbonería…? Aquello que intentan preservar a toda costa no es más que su infancia, su naturaleza misma en cuanto que niños, su única existencia posible, y para hacerlo sólo disponen de una cortísima experiencia de la vida, de las gentes y del mundo, y de una insondable inocencia. La batalla se les presenta desigual y ellos plantan cara a pesar de carecer de armas suficientes, resisten, no cejan en su revuelta: eso los convierte en héroes trágicos. Su destino fatal es el río oculto y negro que corre a través de estos relatos.

Mas, aunque la guerra esté perdida de antemano y la infancia esté condenada a extinguirse demasiado temprano, aunque estén abocados estos niños tontos a transformarse abruptamente en hombres pequeños, en chicos viejos, mientras aún pelean cuentan con un bastión mágicamente inexpugnable, el juego, y con poderosos aliados, los animales y las plantas.

*“Tragedia” según JAUME MELENDRES, La direcció dels actors, Institut del Teatre, 2000. 


 Fotografía de Laura Varela Lima


30.4.12

Confesión

No una, sino dos
veces son ya las que
he creído encontrarte
en plena calle y verte
como eras ayer.

No como eres hoy, cuando
casi ni nos hablamos
y, a pesar del amor,
a duras penas puedo
entender lo que dices;
¿acaso tú me entiendes?

No una, sino dos
veces me he quedado
mirando boquiabierta,
corazón desbocado,
a ese tú que tú fuiste
en un desconocido
que he tomado por ti,
y prudente he frenado
el impulso apremiante
de correr a abrazarlo,
de decirle: “Te quiero”,
y también: “¿Dónde estabas?”.

No sé si a ti te pasa,
si ves en los vagones
de metro a otras yo
que son la yo de entonces,
de cuando todavía
no se alzaba entre ambos
un muro de reproches
callados por prudencia.

De ser así, ¿tú crees
que bastaría con que 
ambos desconocidos
se encontrasen un día
y se reconociesen
brevemente y cruzasen
una dulce sonrisa,
para que tú y yo
pudiésemos mirarnos
y vernos y abrazarnos
y decirnos: "Te quiero"
otra vez, y partir
la pared por en medio?

Para C.

27.4.12

Vigilia onírica

La tienda es antigua, solemne, y en la penumbra se multiplican las estanterías de madera de caoba que recubren paredes que parecen no acabar nunca, y los mostradores sencillos como mesas auxiliares de patas esbeltas con tableros inexplicablemente largos, largos, largos… En un estrado central coronado por una verjita dorada, el cobrador permanece sentado, como los cajeros de los bancos norteamericanos de cuando Bonnie y Clyde. El dependiente desenrolla gigantescas bobinas de tela encima de los mostradores, mide las piezas con su vara métrica y corta con pericia, ya sea en zigzag, en ondas o a mordiscos. El cobrador mantiene una conversación telefónica sobre fútbol y anota a mano los resultados de la jornada en un libro de contabilidad ajado. El dependiente pliega los inmensos retales por la mitad una y otra vez hasta reducirlos al tamaño de una caja de cerillas. El cobrador decide no cobrarles “Un día es un día, se lo rogamos, invita la casa” y el dependiente se despide solícito de los clientes con una graciosa reverencia. De fondo, una emisora ruidosa y publicitaria tiñe la escena de anacronismo.

De regreso a casa, en el tren vespertino, se acomodan en los dos asientos vacíos de un compartimento de cuatro plazas. La plática de los otros ocupantes es íntima. Uno le confía al otro problemas que no deberían ser oídos por desconocidos. El que escucha, asiente comprensivo. Por respeto a la privacidad ajena, los recién llegados despliegan las piezas de tela y se cubren pudorosamente con ellas, convirtiéndose en fantasmas estampados y con demasiado apresto. El que habla, llora a moco tendido y en algún momento toma sin disimulo una punta de la tela que abriga las rodillas de los tapados y se suena los mocos. El que escucha, por fin, le advierte: “Su parada es la próxima, señor”. El llorón saca dos billetes de la cartera y se los entrega: “Gracias, amigo. Hasta mañana”. El que escuchaba guarda el dinero y se cuelga del cuello un letrero que hasta entonces reposaba, vuelto del revés, sobre sus piernas: “Psicólogo ferroviario. Con o sin cita previa. Tarifas según día de la semana, o según origen y destino del viajero”.

Desde la ventana del comedor ven el camino que lleva al faro. Hará cosa de un año al farero le dio por aficionarse a la lectura y ya nada ha vuelto a ser lo mismo. Él dice que los libros lo acompañan, que le hacen cortas las horas en las noches climatológicamente plácidas; y dice que, además, el recuerdo de los héroes de los libros lo alienta en las noches tempestuosas en que vidas y muertes dependen de la luz de su faro, como si pudiese compartir con ellos la carga de la responsabilidad. El caso es que, desde que lee, le ha dado también por escribir. Pero como de letras sabe más bien poco, escribe con la luz. Cubre la enorme lámpara con telas de colores ‒como las que hoy ellos le han traído por encargo‒ y traza con movimientos ágiles arabescos en el cielo. Los barcos que pasan se detienen a contemplar los ininteligibles haces de luz cambiante –roja, azul, blanca, verde…‒. En la proa, capitán y tripulantes sonríen de nostalgia. 

23.4.12

Fisiología de la creación

Cierra el hombre los ojos
y al punto se le abre
una reveladora
visión de su interior:
un vasto espacio, hueco
como la áspera cáscara
de nuez del universo,
insondable e hipnótico
como el mar en su furia
nocturna, resonante
como el aullido extinto
del hombre en las cavernas.
A imagen y semblanza
de ese vacío intrínseco
que lo aturde y fascina
crea el hombre escenarios
desiertos; crea páginas
en blanco; crea arpas
y flautas y tambores
que destina al silencio.

Mas recuerda, turbado,
que su vacío platónico
es engaño; que laten
en su seno la carne
y la sangre y la bilis,
que chirrían los huesos,
que vísceras y humores
se contraen y deslizan.
Abre entonces los ojos
con voluntad exaltada,
y en sí mismo se enfrentan
anhelo de vacío
y plenitud obligada.
Habita, cuerpo vivo,
las tablas de un teatro;
pare, palabra viva,
apuntes y bosquejos,
embriones de tinta
en papeles literarios;
tañe, sonido vivo,
el arpa antes callada,
alienta flauta dulce,
golpea el parche recio
con furia entusiasta.

19.4.12

El vergonzoso placer de trabajar

Cargo con una cruz vergonzosa, ¡pobre de mí!: adoro mi trabajo. Podría incluso afirmar que tengo auténtica devoción por él –como la que tenían por Faulkner los inefables habitantes de la aldea de “Amanece que no es poco” (José Luis Cuerda, 1989)–. Soy obrera de las letras y de las tablas, y no me han traído aquí ni un azar extraño ni una deriva irrefrenable de la vida. Vine por vocación y llevo invertidas incalculables fuerzas y llevo dedicados considerables años en aprender más y en desempeñar mejor este oficio mío de crear.

Tan grave es mi desgracia que ignoro si en realidad soy una actriz que interpreta a una escritora y directora, y que por eso manda mucho y escribe demasiado; o si soy una directora que, a falta de otra escritora y de otra actriz que poner en nómina, se obliga a sí misma –con esa desconsideración despótica de que hacen gala a menudo los directores– a pluriemplearse; o si soy una escritora, y la actriz y la directora son personajes de mis obras que han tenido la desfachatez de cobrar vida propia en mi mismo cuerpo. En definitiva, que encuentro tanto placer en mi trabajo que me vuelco en él por triplicado. (Y que nadie se me escandalice: Hacienda y la Seguridad Social ya lo saben.)

Así que, como adoro mi trabajo, abundan las ocasiones en que algún conocido más o menos bienintencionado me invita a que trabaje para él sin pagarme. Antes y después de plantearme su nada desdeñable oferta, me confía que tiene la inmensa suerte de detestar su empleo y que por eso él cobra; ergo yo, que disfruto, debería aprovechar la maravillosa oportunidad de promocionarme gratis. (Generalmente, el sujeto tiene la delicadeza de no pretender, además, imponerme un canon por su desinteresada gestión.)

Mi cruz es amar mi trabajo, pero por trabajar para otros cobro. También tengo la inmensa suerte de detestar fregar los platos, y nadie me paga por ello.

15.4.12

Running

Esta temporada lo más es el running. No diga usted que corre: ¡eso es una ordinariez de tomo y lomo! Correr lo hace cualquiera tras el autobús a las 7:24 de la mañana y no hay nada atlético en conseguir alcanzarlo, ni llegar sudadito al trabajo entraña el menor logro deportivo. Diga que practica el running y contrate a un personal trainer. Podrá participar en una ristra de competiciones y exhibir en ellas su arsenal de artefactos específicos para el running de altura: zapatillas con chip, calcetines con estimulación podal por presión alterna, mallas aerodinámicas acolchadas ultraligeras, camisetas hiperventiladoras modelo segunda piel… Antiguamente completaban el kit unas muñequeras y una diadema de rizo absorbente, pero ni se le ocurra ponérselas ahora si no quiere que los demás runners lo miren por encima del hombro mientras lo adelantan con una estudiada cadencia de zancada.

Sin embargo, la conocida carrera que organiza anualmente en Barcelona el mayor imperio de grandes almacenes españoles –que paradójicamente presume de ser anglosajón– no nace de esta reciente fiebre, pues este año cumple su trigésimo cuarta edición con una convocatoria inexplicablemente cuantiosa: por megafonía anuncian la presencia de 65.000 participantes, ¡ahí es nothing! Una vez desaparecen en el horizonte los atletas profesionales, los runners federados y los aficionados inseguros provistos de pulsómetros y pasómetros, es bello asistir al espectáculo de la multitudinaria ocupación de las calles por personas que pasean a buen ritmo y ríen y charlan y dedican la mañana a llenar las calzadas que habitualmente les están vedadas. Inexplicablemente, los agentes que velan por el curso sin incidencias de la marcha son policías municipales y no mossos antidisturbios; no tienen, pues, órdenes de intimidar a los caminantes, ni de marcarlos de cerca, ni de cargar contra ellos. Y cuesta creer que, en estos tiempos en los que la resistencia pacífica está siendo criminalizada, puedan campar por sus respetos 65.000 individuos –el número incluye cochecitos de bebé y perros de las más distintas razas provistos de sus correspondientes dorsales– por algunas de las calles más céntricas de la ciudad sin que los supuestos violentos de siempre aprovechen para sembrar el pánico material y el desorden moral, y sin que lluevan gases lacrimógenos o porrazos y pelotazos aún más lacrimógenos.

Me debato entre dos posibles respuestas: o bien los agentes desisten de antemano porque en este caso los insurrectos correrían más que ellos, o bien consideran que la marca organizadora, propiedad de gente respetable, avala con creces el carácter no contestatario de todos y cada uno de los inscritos. Así que hago la prueba y tomo parte en la carrera porque quiero ocupar la calle sin llevarme una paliza –pero lo hago sin ponerme dorsal y sin saludar a las cámaras de TV3 para no violentar demasiado mis principios–, y durante el trayecto voy cantando las mismas frases que canté cuando las manifestaciones del 15-M, del 19-J, del 15-O, de la huelga general… Ni se fijan. La respuesta acertada es la tercera: que 65.000 personas salgan hoy a correr no les asusta porque esta vez no corren contra ellos.