24.12.18

Noche de paz o cese de las hostilidades

Que sea ésta (y ojalá que todas) noche de paz y noche de amor. Que todo duerma en derredor. Que, entre los astros que esparcen su luz, brille la estrella de paz...

Ya conoce el villancico. Pues eso le deseo para hoy y para lo que la vida le depare. O aún mejor en inglés: una noche callada, quieta, silenciosa. De paz del corazón. De amor auténtico.

Le suena ñoño. Tópico. Misero (sin tilde). No lee el atrevimiento extremo de lo que le propongo. Lo escribiré más claro. Sáltese esta noche el burladero del espumillón, el banquete y los regalos. Quédese con lo real: mire a los ojos y mire a sus adentros. ¿Es esto paz? ¿O un mero cese de las hostilidades? ¿Hostilidades subterráneas en ebullición? ¿Vuelan sin más los platos, las copas y los dardos, aprovechando que hoy estamos juntos y hay cuentas pendientes?

Habrá estadísticas. X de cada 100 familias se odian cordialmente. Z de cada 1.000 tienen la fiesta en paz, mientras sigue subiendo la venta de sedantes y desfibriladores para uso doméstico. H de cada 1.000.000 zanja las celebraciones con un "es la última vez", "nunca más" o "hasta aquí hemos llegado", y así año tras año.

Destripemos el amor familiar como si fuera el pollo navideño:
  • 1. Está muy extendida la doctrina según la cual el amor puede con todo. De quien ama se espera que aguante lo que el amado le eche y lo perdone, porque si no lo hace demostrará la endeblez de su amor y la culpa de todo será suya. Cuando el amor no puede y dice basta es acusado de insuficiente e imperfecto. Acabáramos.
  • 2. A eso se le añade la triangulación familiar (paternofilial, paternofraternal, entre parientes políticos), que se enuncia o se calla más o menos de acuerdo con esta fórmula: "Tú me quieres a mí y yo lo/la/los quiero a él/ella/ellos. Y por amor a mí, soportarás de él/ella/ellos lo que venga, sin quejas ni suspiros ni reproches. Si no, es que no me quieres".
  • 3. Luego, la intensidad y la agudeza de la sensibilidad no son universales. Hay quien ve los distintos matices del amanecer y quien hace siglos que olvidó que el sol sale, y no percibe más diferencia entre el día y la noche que la que le dicta su horario laboral. Hay quien siente en la piel que algo va a pasar justo antes de que pase y quien tiene piel de rinoceronte y no lo nota ni cuando ya ha pasado.
  • 4. Finalmente, fingir normalidad es de buen tono. Ignorar civilizadamente al otro es de lo más decente. Quedar bien y marcharse razonablemente temprano se ajusta con toda dignidad al protocolo. Las fiestas se usan para eso. En cambio, entablar un diálogo sincero en el que quepa compartir el dolor propio y sostener el ajeno, pedir disculpas mutuas, reencontrarse de veras ¿es grosero, vulgar, innecesario? ¿No? ¿Por qué no existen fiestas a tal fin?

¿Se cumplen en su caso 1 + 2 + 3 + 4? Entonces permítame dudar afectuosamente de que la suya vaya a ser una noche de paz y amor. En el mejor de los casos será un tregua. ¿Aguafiestas? Quizá. Aunque no del todo. Traigo también hipotéticos antídotos, sabrosos y variados como turrones:
  • Para 1: Aplíquense los principios de las disoluciones. Respétense las cantidades de soluto (aquí, agravios y fastidios) en justa proporción con el disolvente (esto es, el amor mutuo). En lo posible compense los vertidos el contaminador en vez de exigirle al perjudicado que ame más.
  • Para 2: Yo soy yo, tú eres tú, él es él, etcétera.
  • Para 3: Se admiten sugerencias. Que el rinoceronte brame "¡Tampoco es para tanto!" después de dar el pisotón sirve de poco.
  • Para 4: Al diablo con las buenas costumbres. Quedemos mal de todo corazón. No finjamos. Interesémonos por el otro. No asintamos con la cabeza mientras negamos con el alma. No nos marchemos ni pronto ni tarde, sino cuando sintamos que es la hora de irnos. Hablemos, hablemos, hablemos. Aprovechemos las fiestas para algo.

Ya ven, Pepa les desea hoy lo imposible. Es que, sin utopía, lo único que brilla en estas fiestas es la dulce, cálida y cansada mentira compartida.



18.10.18

Los niños ¿perdidos?

Éranse una vez
dos niños que yo amé
y que también me amaban.
Nos reíamos mucho,
jugábamos, cantábamos,
y ninguno mandaba.

Vigilantes perfectos,
sus padres los querían
con ese amor tan duro
que no suelta la brida
ni deja entrar la brisa.
Espeso como un muro.

A mí no me querían.
Y, claro, eso se nota.
Con el tiempo yo a ellos,
(a los padres asépticos),
tampoco. Ni una gota.
Extraño a esos dos niños
con soledad de losa.

¿Qué me aleja de ellos?
Según sus padres, nada:
"Mira qué fácil es:
comamos todos juntos
y ponnos buena cara.
Dales un digno ejemplo:

las verdades, se ahogan;
los dolores, se callan;
donde hay hostilidad
de ida y vuelta, enquistada,
las personas de bien
fingimos paz y calma.

¿Verlos solos? ¡Jamás!
(Debes de estar chalada.)
Son una parte nuestra:
punta, talón o planta
de cada pie. Sin falta,
adonde vamos, van.

Nunca están
sin nosotros
nunca están
sin nosotros
nunca están
sin nosotros
nunca están
sin nosotros..."

Con extrema paciencia
espero el día en que
las partes se desprendan.
¿Se acordarán de mí
las personas enteras
que advertirán entonces
que ya de niños lo eran?



30.8.18

Cuándo pedir ayuda

Cuando en el crudo invierno,
tiritando, no tengas
calcetines de lana. 

Cuando te falten remos
para arribar a puerto
y arrecie la marea.

Cuando pierdas el rumbo
y la estrella polar,
fugaz, se te escabulla.

Cuando alrededor nadie
haga el gesto de darte
la mano y tú no puedas.

Cuando otro en tu lugar
fuera a necesitarla
y tú querrías prestársela,

entonces pide ayuda.
Sobran brazos caídos
y dolor abandonado.




Fotografía de Salva Artesero

22.7.18

Cuenta y derroche



Crece el activo en el debe
y mengua en el haber.

Decrecen pasivo y neto
patrimonial en el debe
y aumentan en el haber.

Ser humano: ¡crece siempre!
¡En la olla rebosante
y en el mendrugo de pan!

¡Crece hacia dentro! ¡Derrocha
vida, aliento y alegría
en el debe y el haber!


 Fotografía de Salva Artesero.
 

8.7.18

El terror íntimo de quedarnos sin nada

"¡Que viene el coco!", nos decían de niños para acortarnos la rienda.

"¡Que viene la indigencia!", se nos alarma ahora, estando como estamos ya hechos y derechos, con la misma intención.


No lo llaman por ese nombre, claro, porque el occidental contemporáneo se cree muy lejos del puente o la barraca donde se refugiaron aún no hace ni un siglo sus ancestros. Pero ¿qué es si no esta obsesión, más allá del sentido y del talento, por la seguridad y la provisión? ¿Qué son esas despensas rebosantes en las que se caducan incluso las conservas? ¿Qué significa la ristra de seguros contratados a fin de proteger hasta lo nimio de las más improbables contingencias? ¿De qué fondo lodoso emerge el monstruo del ladrón que imaginamos que irrumpirá en nuestra casa mientras veraneamos pacíficamente en Acapulco o Torrevieja, en el Kilimanjaro o Albarracín? ¿A qué vienen la palidez y los sudores fríos ante la perspectiva sensata y realista de vivir con menos? Se trata de puro y simple miedo a la indigencia, cerval y connatural al ser humano. Como mortales que somos, sentimos constante e inconscientemente amenazada nuestra supervivencia y la de nuestra tribu.


El fantasma de la intemperie y la carestía nos acompaña siempre. Lo llevamos adentro. Muy bien, ahí está. ¿Qué se hace con él? Hoy en día le concedemos tantas atenciones, lo colmamos de tantos caprichos y bálsamos, que lo hemos convertido en una presencia tiránica. De todo se adueña y todo lo corrompe. Ulula:

     
"El peligro es la única certeza: 
¡armamento pesado y más fiereza!"

Y entonamos con él su cancioncilla.

Este terror íntimo nuestro de quedarnos sin nada es un secreto a voces. La Historia lo ha convertido repetidamente en una eficaz palanca con la que accionar la obediencia general, subordinando así la voluntad de muchos a los designios de unos pocos. Se ha fomentado la imagen de un dios que es juez inapelable, que reparte a discreción sus dones y condenas, y al que conviene complacer mediante el sacrificio y el martirio. Desde el momento en que el individuo incorpora en sí el resorte de la sumisión, cualquier relación humana que entabla –personal, profesional, institucional o azarosa– cobra carices de dictadura.

¿Pobrecitos humanos temerosos? ¿Estamos desvalidos frente a nuestro miedo y a las ventajas que otros obtienen espoleándolo? ¿Debemos encogernos y aceptar nuestra impotencia, nuestra pequeñez, nuestra dependencia de uno o mil amos? ¿Sucumbimos irremisiblemente a la cobardía –pues eso es, y amarga aunque la almibaremos con palabras más dignas como prudencia, precaución o buen juicio–? ¿Seguimos anteponiendo la concesión interesada
a la armonía con nosotros mismos, con otros y con la naturaleza? ¿En nombre de qué? ¿De la supervivencia? ¿Qué clase de supervivencia es ésta?

Dejemos de comprar adormideras para la conciencia de nuestra fragilidad. Dejemos de arruinarnos la vida con el argumento falaz de preservarla. Renunciemos a nuestra idea tramposa de que la indigencia –en sus múltiples manifestaciones se conjura con una obediencia servil a protectores externos, de los cuales el dinero es el más popular. Sustituyámosla por una nueva lógica: el mundo es abundante, la vida breve y su valor aumenta cuando la vivimos con libertad y coherencia.


 Fotografía de Salva Artesero

16.6.18

Bosquejo de vagón en silencio

¡Qué crepúsculo gris, qué maravilla, ahora que el tren surca la meseta a trescientos kilómetros por hora! ¡Qué verde llano, qué prados adornados con árboles dispersos y apretados como botoncitos de pasamanería oscura! ¡Qué silueta negra aguada, la de la sierra baja que cierra el horizonte! 

¡Y qué montón de nubes! ¡Cómo se ciernen sobre la planicie, superponiéndose las unas a las otras, abultadas volutas blanco sucio y gris ahumado! Rayos de sol, varillas de abanico, se escurren cielo abajo por entre las rendijas. Es la hora de la sombra-luz. 

¿Son eso encinas? ¿Cómo saberlo con sólo verlas difuminarse y desvanecerse a todo correr a ras de ventana? Colinas redondeadas, un subibaja dulce de pliegues y repliegues en la tela de una inacabable colcha verde. Molinos de viento. Torres eléctricas de planta cuadrada.

Dentro del vagón silencioso hay, claro está, pasajeros. Ordenadores portátiles y teléfonos móviles (¿en dónde no?). También hay libros: Sartre, Aramburu, Chirbes, poesía, autoayuda, una biografía de Keith Richards. Periódicos, revistas. Un actor que pasa texto sólo vocalizando. Durmientes, eso es lo que más hay. 

Luego, cuando hayamos rebasado la mitad del camino y yo ya no esté escribiendo, afuera todavía habrá torres eléctricas. Durante un trecho estarán coronadas por nidos de cigüeña habitados. Pesados, desafiantes, se alzarán rematando la estructura de hierro. Las aves que no estén sobrevolándonos, se erguirán en el nido dándonos su perfil bueno. Las he visto otras veces, en otros viajes. Las contemplaré embebida de nuevo, si es que aún queda luz. El sol va descendiendo. Hace frío en el tren.



7.5.18

Fulls de color capvespre

Festa al parc. Cridòria i llibres.
Dolça munió de lectors
inconstants que, en tornar a casa,
desaran i oblidaran 
el regal en un prestatge. 
Però això vindrà després.
Ara, festa al parc proper.

Taula. Màquines d'escriure.
Dues. Dos són els germans
–ella i ell– que s'ofereixen 
per tocar amb les seves tecles
fràgils, rítmiques, gastades,
la melodia que amaga
qui s'assegui al seu davant.

La palanca es descargola.
No hi fa res. És la mirada
viva, atenta i delicada,
qui troba i diu la cançó
que s'oculta en els replecs
dels posats i de les veus.

Enmig de la festa al parc
parades, sorra, entusiasme
i paper d'embolicar,
dos poetes joves endrecen
ulls i paraules i cor
en fulls de color capvespre,
i els entreguen a qui els vol.


15.4.18

Activistas de ocasión

Estamos apañados si hacemos depender de las modas la cuestión esencial, lo que vendría a ser nuestra razón de ser o el sentido que le atribuimos a nuestra existencia –en términos generales y minuto a minuto–. Y lo hacemos cada vez con más frecuencia.

Para mi perplejidad, en los últimos tiempos he visto a indiferentes de toda la vida –personas que consideraban, sin importar la abundancia objetiva en la que nadasen, que la supervivencia material de su clan era ya un propósito lo bastante arduo como para andar preocupándose de otras menudencias– temblar y delirar entre fiebres activistas multiformes. De entrada, claro, me entraron ganas de celebrar su transformación, su flamante incorporación a las filas de la conciencia social y de la acción colectiva. ¡Que buena falta nos hace! Pero no me duró mucho. Llámenme aguafiestas.

Porque hay cosas que no prosperan saludablemente en según qué contextos. La misión que cada quien se impone a partir de un impulso interior y de una reflexión coherente es una de las principales. La mayor parte de este activismo súbito ha nacido de semillas transgénicas en estrictas condiciones de invernadero. El neoactivista, agitado por el entusiasmo de su inesperado reverdecimiento, ignora que son otros quienes lo han hecho crecer a toda prisa como un mero producto de temporada.

El orden establecido se preserva a sí mismo mediante una canalización estratégica de la frustración de los individuos: ¿qué mejor campaña preventiva que la de hacerles creer que sus acciones simbólicas y sus eslóganes a voz en cuello están a punto de cambiar las cosas? Siempre a punto. Durante tanto tiempo como haga falta hasta que las aguas enturbiadas se calmen. Ha leído bien, activista de nuevo cuño: su pasión encendida no es, como usted creía, benéfica y auténtica. Podría serlo, si la hace consecuente, meditada y sostenida en el tiempo. Por ahora, la aviva a discreción un fuelle ajeno, cuyos intereses no se corresponden necesariamente con los de la humanidad, ni quizá con los de usted.

Le echan leña a su fuego de tantos modos que difícilmente cabrían aquí. Mecanismos de propaganda. Publicidad y mercadotecnia aplicadas a la ideología. Extorsión emocional a gran escala. Apropiación indebida del alma. Los diablos de hoy no necesitan comprarle el alma a nadie: ¡es tan rentable tenerla en usufructo!

Tal vez sea apocalíptica, pero sólo moderadamente. No les he contado nada que no supiesen. La dificultad estriba en aplicarse el cuento. En ver que cuando decimos: "Los Otros están Manipulados por Idearios Perversos", ese "Los Otros" lo contiene y refleja también a usted. A mí.


 Foto: Spencer Tunick


25.2.18

Endeudamiento

En estos días, son cada vez menos quienes reconocen que el dinero es una convención, esto es, un valor relativo. Así las cosas, nuestras conversaciones cotidianas acaban rigiéndose por la lógica tácita de que el dinero es el bien primordial, la máxima aspiración, y que el deber de todo ser humano decente es anteponer su obtención y multiplicación a los demás aspectos de la existencia. ¡Qué confusión terrible! ¡Qué cansancio!


Hombre vacío, Leonardo Avelino Rodriguez.


Los bienes primordiales y absolutos, no convencionales, son aquellos que nos permiten cubrir nuestras necesidades fundamentales. Y aquí ya empezamos a complicar la cosa: está tan extendida la idea de que sólo el dinero satisface cualquier carencia... Nuestra más exigente necesidad de subsistencia es la respiración. Hasta ahora, la fe fanática en el dinero ensucia sin recato el aire nuestro de cada día. Lo mismo vale para el agua, que quizá sea nuestra segunda urgencia física. Llegamos a la comida y, ¡ay!, desvelamos a la madre del cordero: palabras como "pan" o "sustento" se han convertido en sinónimo inequívoco de "sueldo". Decimos: "Así me gano el pan". Decimos: "¡Es el pan de mis hijos!". El dinero no es el pan, sino el medio de pago y cobro más generalmente aceptado en las panaderías. Es un rodeo que acordamos dar –de forma colectiva y por comodidad– para llegar al pan. Y donde digo pan, digo abrigo –ropa o refugio–.

Ahora bien, el dinero ha tomado entidad propia y se le atribuyen capacidades que rozan la omnipotencia. Se acepta comúnmente que es razonable hacer, por dinero, casi cualquier cosa que de otro modo no haríamos. Se lo considera un argumento incontestable para capitular y conceder en dilemas prácticos que contienen aspectos de índole existencial, moral, vital. El factor dinero arrumba sin demora las convicciones profundas, haciéndolas pasar por melindres que no vienen al caso.

¿La economía tiene en nuestros días la última palabra para todo? Hablemos en sus términos, entonces. Manfred Max Neef, economista, aísla y enuncia las necesidades humanas, que concreta en: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. ¿Cuántas de ellas requieren efectiva e inevitablemente dinero para ser satisfechas? ¿Y a cuántas estamos renunciando cada vez que anteponemos el dinero al resto de consideraciones que honestamente podríamos hacernos? ¿Hasta qué punto su obtención y multiplicación se ha convertido en el principal motor de nuestra vida? ¿Ya es el único? ¿Estamos en número rojos, no convencionales sino esenciales? ¿A cuánto asciende nuestra deuda con nosotros mismos?