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Los lazos flojos

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En los últimos tiempos ha aflojado los lazos con personas queridas. No con todas. Con esas que cojeaban del pie de la lamentación sin fin, pobre de mí, de la sordera crónica, de la autocomplacencia. 
Con personas queridas que daban ya por hecho que ella las querría sin límite o remedio. ¿De qué servía decirles: "Cuidado, que me pisas"? ¿De qué servía advertirles: "No quiero que me escupas"? 
¿De qué servía plantarse: "No me uses, no soy un pañuelo, no soy un cubo de basura"? De nada. Y derramaban sus lágrimas amargas, y la ahogaban en llanto. Ahí podía morirse, ¡qué mas les daba, si ellos quedaban descansados! 
¿Le duele haber soltado amarras con personas queridas? ¿Con aquellas que siempre le cantaban la letanía oscura de su triste desgracia? ¡Más le dolía antes! 
Adiós a quienes nunca repararon en ella y sus minucias: en si hoy había comido, en quién se le había muerto, en por qué estaba pálida... ¡Bastante tenían ellos con sus juanetes y los gastos de su p…

¿Certificados?

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Mi primera profesora particular de inglés se llamaba Pilar y daba clase en el desván de la casa de sus padres, donde vivía ella aún. Debía de ser muy joven, aunque a los ojos de la niña que yo era pareciese una señora. Vestía formal, de catequista, y sus clases estaban bien estructuradas para que nuestras bases de vocabulario y gramática fuesen sólidas. Yo llegaba puntual. Si era temprano, esperaba ante la verja para no importunar a la familia. Sólo una vez que llovía llamé al timbre antes de hora. Pilar todavía no estaba y su madre me hizo pasar al comedor. Me invitó a un After Eight que no me gustó mucho pero que se me antojó el colmo de la inglesidad. Cuando Pilar se casó y se mudó, cambié de profesor.Seguí estudiando inglés con Steve. Hacía ya tiempo que yo quería incorporarme a su clase, a la que iban mis más ilustres compañeros de colegio, los hijos de los maestros, la élite del saber. Y con razón, me decía yo misma. Porque Steve era nativo y Pilar, una modesta filóloga de puebl…

Los negacionistas tampoco existen

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Nosotros, los humanos, tan dados a abrazar y explorar complejidades simultáneas, hemos mutado. Ahora nos ocupa una sola cuestión, vital, inconmensurable. Y va variando cada cinco segundos. De modo que lo que en este instante se nos antoja imprescindible (cierre los ojos y respire hondo mientras cuenta hasta diez), en este otro ha perdido interés. ¿Qué era? ¿Usted se acuerda?
Esta inconstancia de pensamiento, este ir dando saltitos alborotados de una a otra obsesión, podría resultar divertido y hasta placentero. «Si no te gusta el tiempo que hace ahora, espera cinco minutos», suele decirse en Islandia, ¡tal es la inestabilidad meteorológica! El consejo parece igual de práctico aplicado a las ideas: «¿Te incomoda o molesta o duele eso que piensas ahora? En un suspiro pensarás lo contrario». No obstante, ¡qué consuelo de saldo! Alternamos ideas a velocidad de vértigo y es precisamente esa rapidez la que nos deja en la superficie de todo, de manera que la misma imagen mental que nos alivia…

Se puede estar peor

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Lo que se dice bien no estamos nunca. Al que no lo asedian las deudas, lo aflige la mala salud o lo hostigan la cuñada y el vecino. E incluso en esos raros momentos de placidez y gozo perfectos puede uno lamentar el incordio de un mosquito que zumba o la previsible brevedad del esplendor de la flor que todavía no se ha abierto. De la insatisfacción hemos hecho costumbre, y ya no nos contentan fortuna ni milagro. Aún queremos más.
Prolifera esta actitud y, con ella, una extraña competición multitudinaria. La de a ver quién está peor. Todo el mundo parece querer participar. Los contendientes se agrupan por gremio, por región, por renta,por sexo o por edad, por número de miembros, por aficiones o desafecciones... La cuestión es que no hay ya colectivo que no entone su particular miserere. En su dolor extremo, cada equipo sostiene que el suyo es el clamor definitivo. 
Sin embargo, como un mismo individuo pertenece a la vez e inextricablemente a diversos subconjuntos humanos, se da la incong…

La falsa normalidad

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Desde que empezaron a sucederse fases y contrafases y medidas de aplicación breve, media, larga o voluntarias o recomendadas u obligatorias de alcance estatal, regional o local, ando hecha un manojo de perplejidades. Tengo la cabeza dividida en un sinfín de cuadraditos independientes que me reclaman la atención al mismo tiempo. Pienso en modo videoconferencia multitudinaria. ¡Qué confusión, qué enjambre!
Por fin podré descansar. Donde vivo se ha decretado (¡aleluya!) la nueva normalidad, aunque aquí la han llamado de otro modo para que la distingamos mejor y nos la sintamos más nuestra. Así que ahora basta con llevar mascarilla y lavarse las manos y no acercarse a menos de metro y medio de nadie. Ni permitir que se te acerquen, claro. Porque no hay que bajar la guardia, que el virus sigue suelto y la enfermedad se propaga deprisa, carece de tratamiento y mata lo suyo. 
Sabido esto, ya podemos hasta montar verbenas, mientras sean discretas y con gente simpática. No más de veinte personas…

Yo soy la excepción

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Ya pasó todo. Y aquí no ha pasado nada.Bueno, sí, una crisis económica galopante, fruto de la gestión irresponsable de unos locos que han estado fingiendo que algo pasaba para así poder dominar, reprimir e imponer medidas desproporcionadas, aberrantes y antipatrióticas. Ahora hay que pasar página. ¿Cómo lo hacemos? Pues recuperando sin miedo y cuanto antes nuestras buenas costumbres estivales, que a lo tonto a lo tonto se nos ha echado el verano encima. 
A saber:  Retocarse el look Renovar el armario Disfrutar del ocio en buena compañía  Ventilar a las criaturas en campamentos infantiles Contratar unas merecidas vacaciones playeras Programar reencuentros a gogó Celebrar comilonas en tropel, que hay que ponerse al día después de tanta soledad.
(Marque con una X las tareas cumplidas y añada las que considere imprescindibles en su caso, como desfiles, fiestas populares o manifestaciones.)
Nos comportamos como si la amenaza de pandemia ya hubiese pasado definitivamente. Como si el virus que la ocasio…

A esta edad

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A esta edad que ahora tienes,
sea cual sea,
hay que andarse con ojo:
uno se muere mucho
y raramente nace
si no es que pone empeño.
¿Quieres seguir naciendo?
Pues manos a la obra.
A esta edad que ahora tienes
no queda otro remedio.

"Viendo pasar los días", collage de Pepa Pertejo