22.7.18

Cuenta y derroche



Crece el activo en el debe
y mengua en el haber.

Decrecen pasivo y neto
patrimonial en el debe
y aumentan en el haber.

Ser humano: ¡crece siempre!
¡En la olla rebosante
y en el mendrugo de pan!

¡Crece hacia dentro! ¡Derrocha
vida, aliento y alegría
en el debe y el haber!


 Fotografía de Salva Artesero.
 

8.7.18

El terror íntimo de quedarnos sin nada

"¡Que viene el coco!", nos decían de niños para acortarnos la rienda.

"¡Que viene la indigencia!", se nos alarma ahora, estando como estamos ya hechos y derechos, con la misma intención.


No lo llaman por ese nombre, claro, porque el occidental contemporáneo se cree muy lejos del puente o la barraca donde se refugiaron aún no hace ni un siglo sus ancestros. Pero ¿qué es si no esta obsesión, más allá del sentido y del talento, por la seguridad y la provisión? ¿Qué son esas despensas rebosantes en las que se caducan incluso las conservas? ¿Qué significa la ristra de seguros contratados a fin de proteger hasta lo nimio de las más improbables contingencias? ¿De qué fondo lodoso emerge el monstruo del ladrón que imaginamos que irrumpirá en nuestra casa mientras veraneamos pacíficamente en Acapulco o Torrevieja, en el Kilimanjaro o Albarracín? ¿A qué vienen la palidez y los sudores fríos ante la perspectiva sensata y realista de vivir con menos? Se trata de puro y simple miedo a la indigencia, cerval y connatural al ser humano. Como mortales que somos, sentimos constante e inconscientemente amenazada nuestra supervivencia y la de nuestra tribu.


El fantasma de la intemperie y la carestía nos acompaña siempre. Lo llevamos adentro. Muy bien, ahí está. ¿Qué se hace con él? Hoy en día le concedemos tantas atenciones, lo colmamos de tantos caprichos y bálsamos, que lo hemos convertido en una presencia tiránica. De todo se adueña y todo lo corrompe. Ulula:

     
"El peligro es la única certeza: 
¡armamento pesado y más fiereza!"

Y entonamos con él su cancioncilla.

Este terror íntimo nuestro de quedarnos sin nada es un secreto a voces. La Historia lo ha convertido repetidamente en una eficaz palanca con la que accionar la obediencia general, subordinando así la voluntad de muchos a los designios de unos pocos. Se ha fomentado la imagen de un dios que es juez inapelable, que reparte a discreción sus dones y condenas, y al que conviene complacer mediante el sacrificio y el martirio. Desde el momento en que el individuo incorpora en sí el resorte de la sumisión, cualquier relación humana que entabla –personal, profesional, institucional o azarosa– cobra carices de dictadura.

¿Pobrecitos humanos temerosos? ¿Estamos desvalidos frente a nuestro miedo y a las ventajas que otros obtienen espoleándolo? ¿Debemos encogernos y aceptar nuestra impotencia, nuestra pequeñez, nuestra dependencia de uno o mil amos? ¿Sucumbimos irremisiblemente a la cobardía –pues eso es, y amarga aunque la almibaremos con palabras más dignas como prudencia, precaución o buen juicio–? ¿Seguimos anteponiendo la concesión interesada
a la armonía con nosotros mismos, con otros y con la naturaleza? ¿En nombre de qué? ¿De la supervivencia? ¿Qué clase de supervivencia es ésta?

Dejemos de comprar adormideras para la conciencia de nuestra fragilidad. Dejemos de arruinarnos la vida con el argumento falaz de preservarla. Renunciemos a nuestra idea tramposa de que la indigencia –en sus múltiples manifestaciones se conjura con una obediencia servil a protectores externos, de los cuales el dinero es el más popular. Sustituyámosla por una nueva lógica: el mundo es abundante, la vida breve y su valor aumenta cuando la vivimos con libertad y coherencia.


 Fotografía de Salva Artesero

16.6.18

Bosquejo de vagón en silencio

¡Qué crepúsculo gris, qué maravilla, ahora que el tren surca la meseta a trescientos kilómetros por hora! ¡Qué verde llano, qué prados adornados con árboles dispersos y apretados como botoncitos de pasamanería oscura! ¡Qué silueta negra aguada, la de la sierra baja que cierra el horizonte! 

¡Y qué montón de nubes! ¡Cómo se ciernen sobre la planicie, superponiéndose las unas a las otras, abultadas volutas blanco sucio y gris ahumado! Rayos de sol, varillas de abanico, se escurren cielo abajo por entre las rendijas. Es la hora de la sombra-luz. 

¿Son eso encinas? ¿Cómo saberlo con sólo verlas difuminarse y desvanecerse a todo correr a ras de ventana? Colinas redondeadas, un subibaja dulce de pliegues y repliegues en la tela de una inacabable colcha verde. Molinos de viento. Torres eléctricas de planta cuadrada.

Dentro del vagón silencioso hay, claro está, pasajeros. Ordenadores portátiles y teléfonos móviles (¿en dónde no?). También hay libros: Sartre, Aramburu, Chirbes, poesía, autoayuda, una biografía de Keith Richards. Periódicos, revistas. Un actor que pasa texto sólo vocalizando. Durmientes, eso es lo que más hay. 

Luego, cuando hayamos rebasado la mitad del camino y yo ya no esté escribiendo, afuera todavía habrá torres eléctricas. Durante un trecho estarán coronadas por nidos de cigüeña habitados. Pesados, desafiantes, se alzarán rematando la estructura de hierro. Las aves que no estén sobrevolándonos, se erguirán en el nido dándonos su perfil bueno. Las he visto otras veces, en otros viajes. Las contemplaré embebida de nuevo, si es que aún queda luz. El sol va descendiendo. Hace frío en el tren.



7.5.18

Fulls de color capvespre

Festa al parc. Cridòria i llibres.
Dolça munió de lectors
inconstants que, en tornar a casa,
desaran i oblidaran 
el regal en un prestatge. 
Però això vindrà després.
Ara, festa al parc proper.

Taula. Màquines d'escriure.
Dues. Dos són els germans
–ella i ell– que s'ofereixen 
per tocar amb les seves tecles
fràgils, rítmiques, gastades,
la melodia que amaga
qui s'assegui al seu davant.

La palanca es descargola.
No hi fa res. És la mirada
viva, atenta i delicada,
qui troba i diu la cançó
que s'oculta en els replecs
dels posats i de les veus.

Enmig de la festa al parc
parades, sorra, entusiasme
i paper d'embolicar,
dos poetes joves endrecen
ulls i paraules i cor
en fulls de color capvespre,
i els entreguen a qui els vol.


15.4.18

Activistas de ocasión

Estamos apañados si hacemos depender de las modas la cuestión esencial, lo que vendría a ser nuestra razón de ser o el sentido que le atribuimos a nuestra existencia –en términos generales y minuto a minuto–. Y lo hacemos cada vez con más frecuencia.

Para mi perplejidad, en los últimos tiempos he visto a indiferentes de toda la vida –personas que consideraban, sin importar la abundancia objetiva en la que nadasen, que la supervivencia material de su clan era ya un propósito lo bastante arduo como para andar preocupándose de otras menudencias– temblar y delirar entre fiebres activistas multiformes. De entrada, claro, me entraron ganas de celebrar su transformación, su flamante incorporación a las filas de la conciencia social y de la acción colectiva. ¡Que buena falta nos hace! Pero no me duró mucho. Llámenme aguafiestas.

Porque hay cosas que no prosperan saludablemente en según qué contextos. La misión que cada quien se impone a partir de un impulso interior y de una reflexión coherente es una de las principales. La mayor parte de este activismo súbito ha nacido de semillas transgénicas en estrictas condiciones de invernadero. El neoactivista, agitado por el entusiasmo de su inesperado reverdecimiento, ignora que son otros quienes lo han hecho crecer a toda prisa como un mero producto de temporada.

El orden establecido se preserva a sí mismo mediante una canalización estratégica de la frustración de los individuos: ¿qué mejor campaña preventiva que la de hacerles creer que sus acciones simbólicas y sus eslóganes a voz en cuello están a punto de cambiar las cosas? Siempre a punto. Durante tanto tiempo como haga falta hasta que las aguas enturbiadas se calmen. Ha leído bien, activista de nuevo cuño: su pasión encendida no es, como usted creía, benéfica y auténtica. Podría serlo, si la hace consecuente, meditada y sostenida en el tiempo. Por ahora, la aviva a discreción un fuelle ajeno, cuyos intereses no se corresponden necesariamente con los de la humanidad, ni quizá con los de usted.

Le echan leña a su fuego de tantos modos que difícilmente cabrían aquí. Mecanismos de propaganda. Publicidad y mercadotecnia aplicadas a la ideología. Extorsión emocional a gran escala. Apropiación indebida del alma. Los diablos de hoy no necesitan comprarle el alma a nadie: ¡es tan rentable tenerla en usufructo!

Tal vez sea apocalíptica, pero sólo moderadamente. No les he contado nada que no supiesen. La dificultad estriba en aplicarse el cuento. En ver que cuando decimos: "Los Otros están Manipulados por Idearios Perversos", ese "Los Otros" lo contiene y refleja también a usted. A mí.


 Foto: Spencer Tunick


25.2.18

Endeudamiento

En estos días, son cada vez menos quienes reconocen que el dinero es una convención, esto es, un valor relativo. Así las cosas, nuestras conversaciones cotidianas acaban rigiéndose por la lógica tácita de que el dinero es el bien primordial, la máxima aspiración, y que el deber de todo ser humano decente es anteponer su obtención y multiplicación a los demás aspectos de la existencia. ¡Qué confusión terrible! ¡Qué cansancio!


Hombre vacío, Leonardo Avelino Rodriguez.


Los bienes primordiales y absolutos, no convencionales, son aquellos que nos permiten cubrir nuestras necesidades fundamentales. Y aquí ya empezamos a complicar la cosa: está tan extendida la idea de que sólo el dinero satisface cualquier carencia... Nuestra más exigente necesidad de subsistencia es la respiración. Hasta ahora, la fe fanática en el dinero ensucia sin recato el aire nuestro de cada día. Lo mismo vale para el agua, que quizá sea nuestra segunda urgencia física. Llegamos a la comida y, ¡ay!, desvelamos a la madre del cordero: palabras como "pan" o "sustento" se han convertido en sinónimo inequívoco de "sueldo". Decimos: "Así me gano el pan". Decimos: "¡Es el pan de mis hijos!". El dinero no es el pan, sino el medio de pago y cobro más generalmente aceptado en las panaderías. Es un rodeo que acordamos dar –de forma colectiva y por comodidad– para llegar al pan. Y donde digo pan, digo abrigo –ropa o refugio–.

Ahora bien, el dinero ha tomado entidad propia y se le atribuyen capacidades que rozan la omnipotencia. Se acepta comúnmente que es razonable hacer, por dinero, casi cualquier cosa que de otro modo no haríamos. Se lo considera un argumento incontestable para capitular y conceder en dilemas prácticos que contienen aspectos de índole existencial, moral, vital. El factor dinero arrumba sin demora las convicciones profundas, haciéndolas pasar por melindres que no vienen al caso.

¿La economía tiene en nuestros días la última palabra para todo? Hablemos en sus términos, entonces. Manfred Max Neef, economista, aísla y enuncia las necesidades humanas, que concreta en: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. ¿Cuántas de ellas requieren efectiva e inevitablemente dinero para ser satisfechas? ¿Y a cuántas estamos renunciando cada vez que anteponemos el dinero al resto de consideraciones que honestamente podríamos hacernos? ¿Hasta qué punto su obtención y multiplicación se ha convertido en el principal motor de nuestra vida? ¿Ya es el único? ¿Estamos en número rojos, no convencionales sino esenciales? ¿A cuánto asciende nuestra deuda con nosotros mismos?

20.2.18

El amor derramado

Tomemos una línea de conducción: un circuito de tuberías, depósitos y bombas que recoge un fluido y lo distribuye entre distintos puntos. Supongamos que esa instalación tiene, inevitablemente, algunas fugas. Pueden ser pequeñas y pasar temporalmente inadvertidas. O pueden ser enormes y restañarse tarde. En ambos casos, a corto o largo plazo, el sistema sólo continuará lleno si se le restituye el líquido derramado. De otro modo, está condenado al agotamiento.

Esto, que en fontanería resulta tan obvio, se oscurece en cuanto nos adentramos en las frondas de las relaciones personales. Sin embargo, la dinámica que conduce al vaciado es igual de simple. Lo que quizá no sean tan reconocibles son las formas que adoptan esas fugas, los resquicios por los que el amor se filtra y se derrama.
 

De la pura observación –como de costumbre, pues no en vano Las uñas negras es una atalaya de la realidad y Pepa, una mirona– se infiere la descripción que sigue:

En una línea de conducción de amor, el deterioro de las cañerías y las subsiguientes pérdidas de fluido suelen producirse por una permisividad flagrante de cada quien consigo mismo –incurriendo en excesos de familiaridad en el peor sentido, esto es, dando rienda suelta a cualquier impulso sin importar su repercusión en otros– que proviene de eludir la responsabilidad sobre sí y que se traduce en un conflicto incesantemente renovado. Aquí se van abriendo grietas paralelas: la culpabilización, el reproche perpetuo, el sentimiento de deuda y la convicción de ser acreedores de una compensación, que dan paso a exigencias sin fundamento de derecho. Cuanto más se alargue esta agonía, más bagaje indeseado se acumula: decepciones, rencores, escarmientos se amontonan y se nos ofrecen como un aval perverso para nuevas reivindicaciones, amonestaciones y reclamaciones. Un auténtico serpentín. Una sangría.

¿Qué nos impide reponer ese amor que borbotea por grifos y juntas? Nuestra dificultad cada vez mayor para comunicarnos. Nuestras creencias tácitas contrapuestas, conscientes pero contrarias o, peor aún, ni siquiera revisadas. El hatillo de emociones distorsionadoras que hemos ido atesorando. Una querencia por la confusión, no sé bien si innata, fruto de la pereza o bien del interés a río revuelto...–. Por encima de todo, nos batimos contra un enemigo implacable: una noción torcida y ñoña del amor, que ensalza sus aspectos debilitantes y venenosos, mientras que repudia los fortalecedores.

Si usted se reconoce en uno o más de estos puntos, corra y hágase con un rollo de cinta selladora y proceda a reparar segmento por segmento su circuito. Después, pacientemente, insúflele tanto amor como se haya desparramado. Para acabar, compruebe que la presión sea la óptima.




17.2.18

Con el mamut a cuestas

El mamut está. Todavía. Allí. Igual que el afamado dinosaurio.

El mamut desfonda el colchón; impide que entre la luz por las ventanas; devora sin remilgos ni medida los geranios, los jazmines, el helecho y hasta el mismísimo acebo espinoso –que encima es una especie protegida–.

¿Cómo? ¿Y no hacemos nada? ¡Claro que sí! Ignorarlo. ¿Qué mamut? ¿Qué colmillos? ¿Qué trompa? ¿Qué ocho toneladas? Lo llevamos a cuestas y fingimos que ni abulta ni estorba.

Ante una realidad tan enfadosa que resulta inaceptable
hay un sinnúmero de respuestas posibles. De entre todas, se ve que al ser humano la negación se le antoja la más socorrida. Créanlo o no, el omnipotente animal racional resuelve situaciones complejas y acuciantes recurriendo a un truco de lo más barato: hace como si no existiesen. Confía en que aquello que no se reconoce ni se nombra desaparece. Que deja de estar todavía allí. Que ni siquiera estuvo allí jamás.

Al revés, confía también en que se haga realidad lo que se nombra mucho. Y se le van los días en afirmar con convicción aquello que no es, en repetirlo hasta la extenuación, en proclamarlo, en imponer a otros como real ese deseo suyo. Cuando son muchos quienes se conjuran en la reiteración de uno de estos eslóganes –abracadabra con vocación de verdad inmutable–, obtenemos la vox populi
, una magnífica tormenta de arena que oculta y confunde lo que es y lo que no.


Sigamos, pues, renegando del mamut con que cargamos. Invoquemos la sólida entidad de cosas que no existen. Neguemos y afirmemos sin un norte. Continuemos haciéndonos trampa. Perpetuemos nuestra debilidad –lo que me gusta, existe; lo que me irrita, no–. Capaces como somos de crecer, empequeñezcámonos hasta la extinción. Nuestros mamuts se extinguirán también, definitivamente, con nosotros.


14.12.17

Cuatro problemas

Mis problemas son cuatro.
No hay más, pero tozudos
como una mala cosa.
O quizá es mi torpeza
la que los acrecienta
en vez de resolverlos.

Tengo cuatro problemas,
ya veis, siempre los mismos.
Circulares, ocupan,
bajo una forma u otra,
enteros, mis diarios:
éste que ahora escribo,
los que lo precedieron...

Me niego a que se adueñen
del diario futuro.
Escribo: "Basta. Fin".
Tajante. Decidida.
¡Si supiera yo cómo!

Sólo cuatro. Y no cesan.
Cuando casi los venzo
mutan en nuevas cepas
vigorosas y astutas.
Sospecho que los riego
yo misma con mi lucha,
que los nutre la rumia,
que cuanto más me aplastan
más aumenta su peso.

¿Acaso no tenemos
todos cuatro problemas?
¿Cuatro piedras con las que
andamos tropezando?
¿Por qué no acertaremos
a caminar con ellas,
sobre ellas, a través
de su dura presencia,
siquiera a retirarlas?


Entre piedras, de Salva Artesero