24.8.19

Sea feliz hoy mismo. Garantizado.

Dele un lápiz y un papel en blanco a una persona hecha y derecha. La verá convertirse en un ser cargado de complejos y problemas: listas de obligaciones, esbozos de retratos de enemigos, garabatos de obcecación y una infinita lástima de sí mismo.

Dele lápiz y papel a un niño o niña cuya mente no esté colonizada por el sistema de creencias de los mayores. Lo que verá será una fiesta instantánea. Bienvenido.

Tras la jugosa lectura de La sabiduría recobrada de Mónica Cavallé un compendio accesible de lo que conocemos por filosofía perenne, que es a la vez un canto a la sencillez y la plenitud vitales nos visita Maria. Tiene doce años y medio, y la sabiduría de los niños libres. Aún no necesita recobrarla, porque no la ha perdido. Sabe estar en el presente y abrazarlo. Juega, ríe, imagina, reflexiona y se afirma sin imponerse a otros. Es parlanchina y silenciosa. Forzuda y flexible en cuerpo y alma.  Reconoce el valor de la vida, la bondad, la verdad y la belleza sin necesidad de que se los expliquen. Siente la vulnerabilidad –propia o ajenay está decidida a proteger a los débiles. Ve y oye naturalmente lo que muchos adultos tendrán que pasar años aprendiendo a percibir.

Los días junto a ella son una delicia. Las rigideces artificiales de los mayores caen como las hojas en otoño. Brotan, rápidas y gigantes como flores tropicales, las conversaciones filosóficas, las canciones y la complicidad. Disfrutamos de cada momento tal y como se presenta. Y nos alegra nuestra constante buena suerte: hasta los imprevistos nos llevan a lugares todavía mejores de lo que habíamos planeado. Las horas se estiran y nos da tiempo de todo. El paraíso.

¿También usted quiere ser feliz hoy? ¿Sin dilación? Pues séalo. Déjese de excusas y condiciones. Lo único que le separa de esta sencillez y plenitud inmediatas son los cuentos con los que usted mismo se mete miedo. Baje de su pedestal de adulto responsable que cree saber vivir mejor que cualquier niño. Así le va. Mire, escuche y sienta. Viva por vez primera. Ahora.




17.8.19

Que som parents!

Això de trobar pegues a la pròpia família només ho fan els descastats.
Per tant, quan un germà li posa a l'altre el dit a l'ull, se sobreentén que ho fa de bona fe i l'oportú és que el borni somrigui i pari l'altre ull.
O si una mare afeixuga els fills amb crítiques ferotges envers tot el que fan o diuen o pensen, i els recrimina que no hagin esdevingut el que ella esperava amb il·lusió, s'escau que ells assenteixin mansament i es penedeixin de la seva poca traça.
Que el pare l'estomaca a ella? Doncs que la bona dona respiri fondo i agraeixi la sort que té, perquè és ben cert que sempre es pot estar pitjor.
I quan l'avi li grapeja la cuixa a la néta pubilla, l'únic que cal és explicar-li a la noia vermella de la ràbia que si el pobre home ja no sap on té el cap, encara menys sabrà per on fa córrer les mans...

Hi ha una raó conciliadora per a tot. 
Qui et roba és un lladre. Però si és un cosí, tota la parentela corejarà, a l'uníson: "No n'hi ha per tant, el pobre passa un mal tràngol i ves, a tu, quina falta et farà això que ell ha de menester".
Qui t'estomaca és un agressor. Amb l'excepció de l'hereu exaltat –ulls fora de les òrbites, rostre desfigurat– que s'abraona damunt de l'oponent en el transcurs d'una discussió familiar. Aquí tothom es gira a blasmar el qui ha rebut: "Mira com l'has fet posar, tan bon fons que té!"
Qui s'aprofita de tu és un galtes, un penques, un barrut. Tret que sigui un cunyat. Aleshores és una ànima càndida que accepta de bon grat la generosa mà que se li allarga i tiba innocentment fins al colze, l'espatlla, la cintura, els genolls, els turmells. Si a aquestes alçades abans de perdre definitivament els dits dels peus hom protesta, l'altre s'ofèn amb justícia i replica: "Que som parents!"

Hi ha parenteles que són com carrerons: de sentit únic. Llocs perillosos per on val més no passar ni poc ni gaire, per molt familiars que ens resultin.




Imagen: Alex Linch
 

14.8.19

Una montaña enorme

Ni geógrafos ni geólogos han conseguido determinar con precisión qué cosa es una montaña. La definen como un relieve terrestre positivo, pero palabras tan escuetas abren casi infinitas posibilidades y el acuerdo entre ellos se queda en agua de borrajas. ¿Qué altura mínima debería tener? Grande. ¿Qué envergadura? Grande. ¿Y cuánta solidez? Grande.

Así, el significado que cada montaña acaba cobrando depende, más que de su condición genérica de relieve terrestre positivo, de las interpretaciones que de ella se hagan. De la mirada y el corazón de quien la vea, pise o habite. De su experiencia en la falda o en lo alto de la cumbre. De la fidelidad de su memoria. Y de la escucha de quienes luego le oigan contarlo.

El monte que llaman el Cerro Gordo en la manchega población de San Carlos del Valle apenas se eleva doscientos metros desde la llanura donde se asienta. Quien no haya visitado la comarca difícilmente habrá oído hablar de él. El Cavall Bernat, en cambio, recorta su silueta portentosa en pleno macizo de Montserrat y alpinistas de toda procedencia peregrinan hasta allí henchidos de fe. Y sin embargo, sobre el nivel del mar que a la postre es la medida que cuenta, el Cerro Gordo se alza hasta los 1013m, mientras que el Cavall Bernat alcanza los 1106m. ¿Tan leve desnivel topográfico explica el desnivel simbólico?



La montaña de Sant Sadurní acaricia los 942m. La vista desde los pueblos que se esparcen a sus pies es imponente y su perfil hace las veces de enseña de Sant Feliu de Codines. En la fotografía la vemos de perfil desde Les Pujades, montaña cercana y casi gemela suya. Medio anónima, a pesar de sus magníficos 940m. Los aviones surcan el cielo provenientes del norte de Europa. Por lo demás, un silencio majestuoso. 

Swamini Danda nos ha traído hasta aquí y comparte con nosotros sus recuerdos. En esta montaña su maestro, Swami Gushananda, enseñó yoga y vida a una comunidad estable de una veintena de personas desde la década de 1970. Con sus manos, ellos reconstruyeron y ampliaron la casa original, que estaba en ruinas. La prepararon para que acogiese a los centenares de aprendices de yoga que acudían a encuentros de fin de semana, retiros y formaciones intensivas. Publicaron la revista monográfica Om yoga, de divulgación rigurosa. Cuidaron el bosque circundante y crearon jardines exóticos cerca de la casa, bellísimos espacios para la meditación. Criaron toda clase de animales. Fabricaron queso. Niños y niñas visitaban esta granja escuela avant la lettre, un espacio maravilloso donde lo que en verdad se cultivaba era la paz.

La casa sigue allí, aunque sin uso. La montaña aguarda callada. Es paciente. No en vano se trata de un relieve terrestre. Positivo. Y grande, grande, grande. Enorme.




1.8.19

Los sensibles y los fagáceos

Van y vienen las cuestiones que preocupan a la sociedad. Como las mareas. Mientras dura la pleamar diríase que no hay tema más acuciante que éste que ahora llena las cabezas. A fuerza de escucharla, repetirla e interiorizarla, una cuestión cualquiera se convierte en la cuestión y sobre ella opinamos, dóciles, lo que haya que opinar. En los últimos días se habla, escribe y pía con unción solemne sobre la alta sensibilidad. La cosa inquieta.

Se ve que un porcentaje significativo de la población, casi una quinta parte, percibe, siente y comprende con mayor intensidad que la media. Y que eso es problemático. Son gente rara que antepone el silencio al ruido, la naturaleza al humo, la belleza a la fealdad, la bondad a la mezquindad y la justicia social al provecho individual desaforado. Una amenaza.

Estas personas sensibles ahora reivindican su derecho a vivir sin agresiones ni interferencias impuestas por los campantes en forma de martillos hidráulicos, insultos a voz en cuello, suciedad negligente, abusos cotidianos, omnipresencia del consumo... No se teme que empiecen a manifestarse porque les disgustan los gritos y las multitudes, pero ponen mala cara en las reuniones familiares y claro, aguan la fiesta. De ahí que el tema cobre vigencia precisamente en vacaciones: no hay quien disfrute de la fritanga y el gin-tonic con un sensible cerca.




Desasosiega particularmente la sensibilidad infantil. Ya saben, esos niños que miran con los ojos bien abiertos, entienden más de lo que se les dice y se estremecen ante el dolor ajeno. Niños que saben y prefieren jugar tranquilamente antes que emborracharse de estruendo, imágenes vertiginosas y matanzas de mentirijillas en HD. Outsiders en ciernes. Una ofensa a sus mayores. Un auténtico peligro.

Entender la sensibilidad como un inconveniente vendría a ser lo mismo que entender las piernas como un lastre. Depende ni más ni menos de si se usan. Y quienes no lo hacen –los que pudiendo andar, sólo se desplazan en coche, patinete o dron monovolumen– etiquetan como conflictivos a quienes sí. La inquina es natural: los privilegios adquiridos por la insensibilidad son muchos y ¿quién quiere renunciar a ellos?

La mera existencia de los sensibles tengan la edad que tenganpone en duda nuestra organización social actual. Nuestro modelo de convivencia y de supervivencia no parece idóneo, ni siquiera saludable, no ya para ellos sino para cualquiera. Porque los sensibles ni alucinan ni exageran: sienten lo que es, y lo hacen con mayor nitidez que muchos otros. Lo problemático no es que ellos lo vean, sino que se imponga la ceguera de esa mayoría que tiene piel de corcho. Nos tomaremos la licencia botánica de llamarlos fagáceos, familia de árboles de madera durísima que sólo dan bellotas. Eufemismo de alcornoques.

Al cualificarla de alta convertimos la sensibilidad en rareza. Menospreciamos así una valiosa capacidad esencialmente humana. Normalizamos su atrofia. Remediemos mejor la baja, muy baja o nula sensibilidad de las cuatro quintas partes restantes. Los normales.

Fotografía de la serie "End Times" de Jill Greenberg

28.7.19

No se apuntale más

La casa se abre en dos como melón maduro. Una grieta imponente la atraviesa. Baja desde lo alto, del tejado donde chirría la veleta con su perfil de gallo jorobado, hasta el umbral de la puerta que da al patio. Afortunadamente, todo eso sucede por detrás, así que la fachada delantera sigue tan deslumbrante como suele. Los de fuera ignoran la apremiante amenaza de ruina. Los de adentro, prefieren no mirar y se cubren los ojos con un antifaz de satén con puntillas para que el sol que se cuela por la grieta no los despierte al rayar el día. Es verano y, gracias a la inédita abertura, corre por los dormitorios un aire que acaricia.

En otoño, la casa se desgaja de medio a medio. La grieta ya ha partido los techos con molduras, los suelos con baldosas. Ha habido que serrar por la mitad algunos muebles que no se decidían por un costado u otro. El armario de tres cuerpos con espejos, la cómoda donde se guardan los ajuares, el diván de terciopelo con flecos, el aparador de la porcelana y cuatro sillas de estilo imperio que, lamentablemente, ya no servirán de mucho con dos patas. Cuando llueve ¡se forma una cascada tan alegre! Cae como cortina de cuentas de cristal. Cascabelea.

En invierno, el comedor se ve ya desde la calle. Los paseantes desean buen provecho a los comensales y ellos, por cortesía, se ven obligados a responder "Si gusta", así que la casa es un hormiguero de visitas hambrientas que amenazan con llevar a la familia a bancarrota. El temporal ha llenado los pasillos de torvas y los niños ya no pueden ir al baño a lavarse los dientes o las manos sin antes abrigarse con diez capas de anoraks y bufandas y manoplas y gorritos con borla. Un amiguito viene a pasar la tarde y pregunta entre juegos: "¿Por qué se ve el cielo desde vuestro sótano?".

La primavera vuelve la situación intolerable. Las golondrinas, que cada año llegan más temprano, anidan en las lindes de la grieta sin la menor consideración. Se adueñan de la casa. Por si eso fuera poco, en la falla que se ha abierto debajo han brotado especies trepadoras que ascienden por la brecha cual mono por liana. La naturaleza explota entre las paredes. Llaman al arquitecto.

"¡Aquí urge apuntalar!", exclama el hombre sin dar crédito a tanta dejadez. Y manda una cuadrilla resuelta a que apuntale.

Tabla, larguero, 
polín, contraviento, 
puntal, cuña, estaca 
y viga de arrastre,
hasta recomponer 
la casa hendida.
Tabla, larguero, 
polín, contraviento, 
puntal, cuña, estaca 
y viga de arrastre,
para evitar que sea 
una casa hundida.

Escrito suena a cancioncilla; mientras lo hacen es el Apocalipsis. Los de dentro no caben en sí de indignación. "¡Nos están rodeando la casa de maderos y hierros horrorosos! ¡La hacen parecer un montón de ruinas!" Despiden al arquitecto con desdén dignísimo. A la cuadrilla la echan con cajas destempladas y animan a los niños a que les tiren los trozos de ladrillo que se desprenden de las paredes partidas. "¿Qué sabrá esa gentuza de lo que nuestra preciosa casa necesita?" Deciden que mandarán acristalar la hendidura para protegerse de las inclemencias. No se hable más de grietas. Lo que ellos tienen es un lindísimo jardín interior.




10.7.19

Adiós, Valle de Lágrimas

El verano trae consigo una euforia de latón, un fingido entusiasmo por el viaje obligatorio. Nos asalta el deseo –que es deber engorroso– de salir de nosotros mismos a través del desplazamiento geográfico. Y allá que nos lanzamos, buscador de destinos turísticos en ristre, a planificar una ruta moderadamente estimulante, fotogénica, que goce de buena prensa, que esté concurrida aunque no saturada, que no canse demasiado y que valga más de lo que cuesta. Un viaje satisfactorio. ¡A ver si hay suerte! 

Desengañémonos, no hay suerte suficiente, ni en este mundo ni en la suma de todos los demás, para que consigamos algo que ya de entrada es imposible: la satisfacción de nuestra insatisfacción por medios externos y convencionales. ¿De veras cree usted aún en la inenarrable felicidad de las vacaciones? ¿Y se basa en su propia experiencia de años anteriores o en lo que le han contado sobre el amigo de un amigo? ¿Todavía contrapone su extremo sufrimiento cotidiano a la promesa del paraíso estival? ¡Ay!

Habrá oído usted hablar del Valle de Lágrimas. ¿Cómo? ¿Que le suena a patraña de viejas? ¿A paraje ruinoso y desdeñable? Eso dicen todos, sin acertar a comprender que el único sentido de tanto manoteo furioso, de tanto denodado esfuerzo vano, es escapar del Valle. Que el Valle de Lágrimas es el paisaje habitual inconsciente de quienes se pasan el año gimoteando –pobre de mí, qué vida ésta, a ver si llegan de una vez las vacaciones y me resarcen de tanto sacrificio–. 

¿Es su caso? Pues ándese con ojo. Como una adherencia recóndita, el Valle lo va a acompañar adondequiera que huya. Se aclimata a las temperaturas más extremas, resiste bien las multitudes y los ajetreos, le pirran los inconvenientes, las emergencias, los dramas. ¡Visite las antípodas, suba a la Luna, descienda a la Atlántida! Si no se aplica, todo lo hará sin salir de este valle de humedades y golpes en el pecho.

Las verdaderas vacaciones, el descanso auténtico, consisten en desembarazarse de esta cotidiana queja, de la pena automática, del sentirse perjudicado por la vida, del hacer alarde explícito o dignísimo de los incontables sufrimientos que uno soporta. Y para liberarse de tan mala hierba no hace falta visitar Tegucigalpa ni esperar a agosto.


26.1.19

Su infinita prodigalidad

Un día de cada siete, remonta sudoroso y resoplante el cartero la cuesta del camino que trae hasta mi casa. Sube de espaldas, deja caer hacia atrás el corpachón rechoncho que a duras penas encuentra acomodo en el uniforme y así arrastra a contrapeso la saca rebosante.



"¿De dónde saldrán semejantes cargamentos?", refunfuña exhausto. Es ya el octavo repartidor en lo que llevo viviendo en lo alto del repecho. De todos, sólo el sexto efectuaba las entregas con naturalidad y sin quejidos. Claro que tenía un temperamento jovial, buena forma física e ingenio. Con cuerda de amarre y rueditas giratorias, de esas que igual van hacia delante que en diagonal o de costado, inventó un sencillo dispositivo que acoplaba al bolsón para subírmelo sin demasiado esfuerzo. Cuando me anunció que era su última visita porque lo destinaban a una plaza mejor, aceptó un café y una rebanada de pan con miel para celebrarlo. Me alegré con él, aunque echo de menos su presencia benéfica de persona que disuelve los inconvenientes, suaviza las aristas y templa las amarguras que le salen al paso. Ya he dejado constancia en otras ocasiones del rechazo que me produce la máscara de mártir, sufridor y penitente, esa que goza de tanto predicamento y que no hace sino envenenar la vida a quien la viste y a quienes se le acercan.

Las remesas que el cartero maldice, que para él no son más que rabia y desgracia al peso, vienen repletas de alegría, curiosidad y generosa sorpresa: se trata de los envíos espontáneos que recibo de ustedes, mis queridos lectoras y lectores. Cartas apasionantes unas afectuosas, otras sesudas– que inauguran correspondencias pausadas y quizá duraderas. Postales coloridas con preguntas brevísimas en letra desparramada, o con poemas y juegos de palabras en caligrafía apretadita y esmerada. Papelitos para mis collages acompañados de buenos deseos. Anécdotas desconcertantes cuyo protagonista querría que yo las relatase aquí, adornándolas un poquito si es posible. Las cajitas contienen obsequios imprevistos y deliciosos: pigmentos en polvo, cuentas de cristal tallado, especias, semillas, incienso, estatuillas pintadas, la llave de una casa donde ir a escribir, caracolas, plumillas, pepitas de oro... Y los paquetes: una alfombra tejida a mano; tres quesos y seis tarros de mermelada de naranja, higo y mora; una escultura de madera de pino; una pareja de butacas de lectura de distinto color, que a veces se pelean porque discrepan sobre ciertos autores; cien ovillos de lana gruesa para agujas del número 12; libros, libros, libros, libros, libros...

Vayan aquí mi agradecimiento a la infinita prodigalidad de ustedes, mis condolencias a los siete carteros gimientes y mi respuesta a una de las preguntas que he recibido recientemente: 

"Señora Pepa: 
¿cómo distingue usted a tiempo cuál es la mejor decisión posible en una situación peliaguda?"

Ah, querida amiga, con gusto le desvelaré mi método infalible, aunque me temo que es más bien poco probable que le sirva a usted de mucho. Reconozco –y descarto enseguidalas opciones erradas: me erizan la barba. Ya ve, una rara y útil interacción entre intuición femenina y folículos pilosos. Tan simple como eso.

(Fotografía de Salva Artesero)

24.12.18

Noche de paz o cese de las hostilidades

Que sea ésta (y ojalá que todas) noche de paz y noche de amor. Que todo duerma en derredor. Que, entre los astros que esparcen su luz, brille la estrella de paz...

Ya conoce el villancico. Pues eso le deseo para hoy y para lo que la vida le depare. O aún mejor en inglés: una noche callada, quieta, silenciosa. De paz del corazón. De amor auténtico.

Le suena ñoño. Tópico. Misero (sin tilde). No lee el atrevimiento extremo de lo que le propongo. Lo escribiré más claro. Sáltese esta noche el burladero del espumillón, el banquete y los regalos. Quédese con lo real: mire a los ojos y mire a sus adentros. ¿Es esto paz? ¿O un mero cese de las hostilidades? ¿Hostilidades subterráneas en ebullición? ¿Vuelan sin más los platos, las copas y los dardos, aprovechando que hoy estamos juntos y hay cuentas pendientes?

Habrá estadísticas. X de cada 100 familias se odian cordialmente. Z de cada 1.000 tienen la fiesta en paz, mientras sigue subiendo la venta de sedantes y desfibriladores para uso doméstico. H de cada 1.000.000 zanja las celebraciones con un "es la última vez", "nunca más" o "hasta aquí hemos llegado", y así año tras año.

Destripemos el amor familiar como si fuera el pollo navideño:
  • 1. Está muy extendida la doctrina según la cual el amor puede con todo. De quien ama se espera que aguante lo que el amado le eche y lo perdone, porque si no lo hace demostrará la endeblez de su amor y la culpa de todo será suya. Cuando el amor no puede y dice basta es acusado de insuficiente e imperfecto. Acabáramos.
  • 2. A eso se le añade la triangulación familiar (paternofilial, paternofraternal, entre parientes políticos), que se enuncia o se calla más o menos de acuerdo con esta fórmula: "Tú me quieres a mí y yo lo/la/los quiero a él/ella/ellos. Y por amor a mí, soportarás de él/ella/ellos lo que venga, sin quejas ni suspiros ni reproches. Si no, es que no me quieres".
  • 3. Luego, la intensidad y la agudeza de la sensibilidad no son universales. Hay quien ve los distintos matices del amanecer y quien hace siglos que olvidó que el sol sale, y no percibe más diferencia entre el día y la noche que la que le dicta su horario laboral. Hay quien siente en la piel que algo va a pasar justo antes de que pase y quien tiene piel de rinoceronte y no lo nota ni cuando ya ha pasado.
  • 4. Finalmente, fingir normalidad es de buen tono. Ignorar civilizadamente al otro es de lo más decente. Quedar bien y marcharse razonablemente temprano se ajusta con toda dignidad al protocolo. Las fiestas se usan para eso. En cambio, entablar un diálogo sincero en el que quepa compartir el dolor propio y sostener el ajeno, pedir disculpas mutuas, reencontrarse de veras ¿es grosero, vulgar, innecesario? ¿No? ¿Por qué no existen fiestas a tal fin?

¿Se cumplen en su caso 1 + 2 + 3 + 4? Entonces permítame dudar afectuosamente de que la suya vaya a ser una noche de paz y amor. En el mejor de los casos será un tregua. ¿Aguafiestas? Quizá. Aunque no del todo. Traigo también hipotéticos antídotos, sabrosos y variados como turrones:
  • Para 1: Aplíquense los principios de las disoluciones. Respétense las cantidades de soluto (aquí, agravios y fastidios) en justa proporción con el disolvente (esto es, el amor mutuo). En lo posible compense los vertidos el contaminador en vez de exigirle al perjudicado que ame más.
  • Para 2: Yo soy yo, tú eres tú, él es él, etcétera.
  • Para 3: Se admiten sugerencias. Que el rinoceronte brame "¡Tampoco es para tanto!" después de dar el pisotón sirve de poco.
  • Para 4: Al diablo con las buenas costumbres. Quedemos mal de todo corazón. No finjamos. Interesémonos por el otro. No asintamos con la cabeza mientras negamos con el alma. No nos marchemos ni pronto ni tarde, sino cuando sintamos que es la hora de irnos. Hablemos, hablemos, hablemos. Aprovechemos las fiestas para algo.

Ya ven, Pepa les desea hoy lo imposible. Es que, sin utopía, lo único que brilla en estas fiestas es la dulce, cálida y cansada mentira compartida.



18.10.18

Los niños ¿perdidos?

Éranse una vez
dos niños que yo amé
y que también me amaban.
Nos reíamos mucho,
jugábamos, cantábamos,
y ninguno mandaba.

Vigilantes perfectos,
sus padres los querían
con ese amor tan duro
que no suelta la brida
ni deja entrar la brisa.
Espeso como un muro.

A mí no me querían.
Y, claro, eso se nota.
Con el tiempo yo a ellos,
(a los padres asépticos),
tampoco. Ni una gota.
Extraño a esos dos niños
con soledad de losa.

¿Qué me aleja de ellos?
Según sus padres, nada:
"Mira qué fácil es:
comamos todos juntos
y ponnos buena cara.
Dales un digno ejemplo:

las verdades, se ahogan;
los dolores, se callan;
donde hay hostilidad
de ida y vuelta, enquistada,
las personas de bien
fingimos paz y calma.

¿Verlos solos? ¡Jamás!
(Debes de estar chalada.)
Son una parte nuestra:
punta, talón o planta
de cada pie. Sin falta,
adonde vamos, van.

Nunca están
sin nosotros
nunca están
sin nosotros
nunca están
sin nosotros
nunca están
sin nosotros..."

Con extrema paciencia
espero el día en que
las partes se desprendan.
¿Se acordarán de mí
las personas enteras
que advertirán entonces
que ya de niños lo eran?