Los propósitos, caballos alados, caen del cielo en manadas tupidas de pelaje brillante y de compactas plumas. Relinchan con alegre ligereza y parecen trotar sobre las nubes con inaudible castañeo de herraduras. Son carne de aire y nacen tras cada esquina. No así su ejecución -su conversión en realidad palpable-, que cabalga con esfuerzo por la tierra, la hace retumbar bajo las patas robustas y levanta una densa polvareda. La ejecución es pues algo así como una mula decidida y paciente, sin porte mitológico ni perenne compañía. Se sabe fea e incapaz de cabriolas ingrávidas, pero avanza, avanza, avanza sin siquiera un bufido. Soporta el peso de todas las cargas y avanza. Bandadas de Pegasos de colores inéditos frecuentan a pintores, a escritores, a músicos, a gente de teatro... Incluso hay quien quisiera echarles lazo al cuello y, sujetándolos -flotantes, próximos-, apropiárselos. Los artistas de veras que conozco se rinden sin reservas a la danza infinita de los caballos alad...
anochecer sublime
ResponderEliminarefímero
eterno
anochecer.......
Más sublime cuanto mayor el cielo.
ResponderEliminarO igual no, a lo mejor el cuadradito de cielo de un tragaluz lo es todavía más para el hombre confinado.