23.11.11

La riqueza y el hada prodigiosa

Mi abuela limpiaba en los años ochenta en un restaurante zaragozano de mucho postín. De niña, a veces yo la acompañaba y me sentaba quietecita junto a una mesa de la enorme cocina aún en calma a separar las blondas de papel que cubrirían los platitos de postre.

A pesar de mi corta edad, era una niña viejita, silenciosa y responsable, así que la labor que me asignaban sin más ánimo que el de entretenerme, yo me la tomaba como un encargo de suma importancia y creía que mi escrupuloso buen hacer contribuiría a aumentar todavía más la estima en que los dueños tenían a mi abuela.

En ocasiones, la señora me prodigaba uno de esos cariños con que premian los jefes a los trabajadores a través de sus hijos o nietos. Me daba en su despacho, con dulzura y considerable protocolo, una propina que me hacía sentir rica de repente. La criatura responsable y silenciosa pasaba entonces a ser una potentada, una derrochadora, una madrina de los pobres, una compulsiva compradora de regalos… Aquel dinero nunca daba para tanto como yo era capaz de imaginar.

Una sola vez me dejó mi abuela entrar en la sala: el comedor donde cenaban famosos y principales de la época –muchos siguen siéndolo hoy–. Estaba vacío, claro, pero las copas impolutas, los cubiertos resplandecientes y las mantelerías lujosas e inmaculadas anunciaban notables comensales. Las sillas eran pesadas, los cortinajes regios, el suelo alfombrado. La habitación permanecía en penumbra, apenas se filtraba la luz de la tarde por los visillos. Sin embargo, tal suntuosidad no produjo en mí ningún efecto. Los grandes hombres y las admirables mujeres que cenarían allí –y cuya simple mención enorgullecía a mi abuela– difícilmente podrían ser más ricos que yo con la propina crujiente en el bolsillo.

Sí quedé boquiabierta al entrar en el cuarto de baño: tenía grifos dorados, una encimera de mármol rosa, pequeñas toallas bien dobladas y primorosamente ordenadas en un montoncito perfumado, un cestillo donde arrojarlas tras secarse las manos, un espejo gigantesco, un jarrón con flores… No me impresionó la decoración en sí misma, sino la súbita certeza imposible de que nadie nunca antes había estado allí. Así me lo hacía creer la brillante limpieza que lo había vuelto todo mágicamente nuevo. La mujer que sujetaba mi mano menuda entre la suya rechoncha era el hada prodigiosa que había obrado tal milagro.

Con los años, he cenado en restaurantes de postín y, aunque sus clientes suelen levantar la barbilla y arrugar la nariz con más frecuencia que los del resto de establecimientos, llegados al baño el rastro de su paso se manifiesta con la misma repugnante evidencia. La pureza virgen que vi en aquel cuarto era fruto de la dedicación amorosa y del mimo exigente de una trabajadora que prestaba atención al menor detalle, al último rincón. También con los años me he vuelto a sentir rica como entonces, infinitamente más que quienes comen angulas y caviar con displicencia. Y nunca ha tenido nada que ver con el dinero.