Reyes, por un día...

Las ventanas traseras del bloque donde vivo se miran, frente a frente y sin que medien entre ellas más de siete u ocho palmos, con las ventanas traseras de otro bloque, en cuyo último piso ya no vive nadie. Vivía allí hasta el verano una familia numerosísima que desapareció sin más rastro que un inesperado silencio de niños, televisores y ladridos, y tres persianas bajadas a cal y canto. Sin embargo, la galería que da a la cocina es de cristal desnudo y muestra bien a las claras el vacío en que quedó sumida la casa tras su marcha. 

Pero hoy, día de Reyes, se adivinaban al fondo –en un pasillo en penumbra, sin belén ni espumillones– los paquetes envueltos en papel de regalo. Cuantiosos y grandotes, suficientes para tres o cuatro niños y para sus padres y para el perro. Al descubrirlos allí, abandonados y mudos, sin esperanza de ser abiertos, me digo que lo más probable es que aún no les haya sido notificado el cambio de domicilio a Sus Majestades. No obstante, enseguida caigo en la cuenta de que errores administrativos como ese serían impropios de los Tres Magos. Decido que los habrán dejado ahí aposta, por si volvieran.

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