La Casera

Una de las grandes caseras de la literatura es Marguerite Duras, que le alquiló una minúscula chambre de bonne de la parisina rue Saint-Benoît al joven y aún no del todo escritor Enrique Vila-Matas a cambio de una renta simbólica.

Menores en fama aunque tan entrañables como aquella escritora casera de escritor son para mí las propietarias que me han arrendado los pisos en los que he vivido durante los últimos años. La actual es una carnicera enjuta cuyo establecimiento bullicioso de cuchillos afilados inspiró mi cuento Coto de caza mayor. La anterior era una abogada de voz aguda y buenas maneras que olvidó, a mi partida, cambiar de nombre el contrato de la compañía eléctrica. Su descuido propició que mucho tiempo después un hombrecillo colérico me telefonease exigiéndome satisfacer un impago astronómico en facturas de la luz. Escribí una nota de protesta que a nadie le importó un comino.

No obstante, al más literario de todos los caseros que he tenido no lo había mencionado aún en ningún texto. Era un señor amable que me alquilaba por un entonces módico precio un ático chiquitito, con un gran balcón que sólo se aprovechaba cuando no había niebla, situado en la acera de enfrente del tanatorio local. Lo curioso, lo verdaderamente literario de este arrendatario era el negocio que regentaba y que yo conocía porque lo visitaba una vez al mes para pagarle en mano. Compraba oro. Me dirán que no tiene nada de particular porque, desde que se ha destapado la miseria de la clase media, quien más quien menos conoce a alguien que ha vendido hasta el relicario de su abuela. Pero hace quince años nadie era pobre y el local de mi casero ocupaba un estresuelo discreto en la zona respetable del casco antiguo. Sobre la mesa de madera con tapete de cuero verde creo recordar que había unas balanzas en miniatura, aunque tal vez haya en todo esto más imaginación que recuerdo. Lo único cierto es que en nada se parecía a un usurero o a un avaro de cuento.

Estuve no hace demasiado en la rue Saint-Benoît, al pie del edificio donde vivieron Duras y Vila-Matas, y no se me ocurrió allí la existencia de un vínculo que une a todos los caseros de escritores. Lo pienso ahora y me figuro a los míos en una improbable fiesta en el salón de Duras, comentando cómo les halaga saberse propietarios de las cuatro paredes entre las que se han gestado grandes obras de la literatura. O pequeñas. Quien no se conforma es porque no quiere.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Ganar

Test de Perogrullo

Habrá quien viva bien