Removeremos tierra, carbón y tinta. Someteremos a puños las ideas. ¿Qué material no cederá, si no cejamos? Nos quedarán, ése es el precio, las uñas negras.
Ando de visita en un concurso televisivo y la cosa ha removido alborozo entre quienes me conocen y hasta curiosidad entre algunos de los espectadores. Pareciera que el hecho de salir en la tele fuese, en sí mismo, una feliz noticia. Pero no. Puede uno ser el centro de un avance informativo y que la cosa tenga mal pronóstico. O puede que lo hayan atracado en plena calle para que improvise una opinión sobre algo que ni le incumbe ni le interesa, y acabe figurando como portavoz del pueblo llano. Incluso puede que lo inviten para entrevistarlo acerca de algo que esta vez sí le incumbe y le interesa vivamente, y que su intervención sea interrumpida o desmentida por un interlocutor agitado –o, aún peor, por la publicidad–. Salir en la tele no es necesariamente bueno. ¿Qué hago allí, entonces? “Saber y ganar” lleva años alegrándome las sobremesas, con su tono amable y ameno, con la varie dad y la claridad de sus contenidos y con la participación de hombres y mujeres normales. ...
La mujer barbuda no lo tiene fácil. Su rareza queda a la vista de todos, como un estigma evidente, como una monstruosidad inocultable. ¿Quién la desposará? ¿Quién la tratará siquiera con respeto? ¿Quién le ofrecerá un empleo, aun en tiempos de supuesta bonanza? La mujer barbuda, harta de saberse escrutada por el rabillo del ojo, soltera y atropellada, en paro y sin subsidio, deja la calle de la amargura y se lanza a la plaza pública. Se monta una tarimita con cuatro tablones y anuncia a gritos su presencia: "¡La mujer barbuda, la mujer barbuda! ¡Niños, venid a tirarle de la barba! ¡Señoras, vengan a lamentar su adversa suerte! ¡Señores, vengan a revolverse en su silla, deseando ver lo que esconde debajo de la falda!". La mujer barbuda convoca multitudes. Les canta "Mi barba tiene tres pelos". O anima a las jovencitas piadosas a que la peinen con mimo. Si en el pueblo está establecido algún barbero que se precie de apurar el afeitado, se deja rasurar por él...
Se emitía en los años ochenta una serie de dibujos animados en brevísimos capítulos protagonizada por la niña Pepa Pérez. Esta ilustre y deliciosa tocaya de una servidora sufría una hilarante y eficaz transformación ante cualquier situación peligrosa o injusta. Ved, a modo de ejemplo, “El robo de las bicis” y juzgad. Por aquel entonces aún no había nacido Felix Finkbeiner, el prodigioso niño de carne y hueso que, a los nueve años, se inventó y promovió una iniciativa infantil sin precedentes: Plant for the Planet . Con el argumento irrebatible de que la proporción de la población mundial formada por niños constituye un número tan ingente que juntos pueden, por sí solos, cambiar el curso de la historia, emprendió ese cambio sin esperar a crecer. Su objetivo primero, concreto y plausible, era plantar en cada país del globo un millón de árboles. Su intención última, detener el cambio climático que amenaza, con el correr de no tantas décadas, con costarle la vida a quienes hoy son...
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