Removeremos tierra, carbón y tinta. Someteremos a puños las ideas. ¿Qué material no cederá, si no cejamos? Nos quedarán, ése es el precio, las uñas negras.
Ando de visita en un concurso televisivo y la cosa ha removido alborozo entre quienes me conocen y hasta curiosidad entre algunos de los espectadores. Pareciera que el hecho de salir en la tele fuese, en sí mismo, una feliz noticia. Pero no. Puede uno ser el centro de un avance informativo y que la cosa tenga mal pronóstico. O puede que lo hayan atracado en plena calle para que improvise una opinión sobre algo que ni le incumbe ni le interesa, y acabe figurando como portavoz del pueblo llano. Incluso puede que lo inviten para entrevistarlo acerca de algo que esta vez sí le incumbe y le interesa vivamente, y que su intervención sea interrumpida o desmentida por un interlocutor agitado –o, aún peor, por la publicidad–. Salir en la tele no es necesariamente bueno. ¿Qué hago allí, entonces? “Saber y ganar” lleva años alegrándome las sobremesas, con su tono amable y ameno, con la varie dad y la claridad de sus contenidos y con la participación de hombres y mujeres normales. ...
Solemos saber lo que tenemos, siempre y cuando sea contable –propiedades, ingresos, deudas, enfermedades, parentela, herencias–. Tampoco se nos escapa lo mucho que hacemos –para eso están agendas, obligaciones, exigencias, reproches–. Peor fortuna corre nuestro mayor caudal: lo que somos. Permanece ignorado y relegado al trastero de nosotros mismos. Somos cromañones de nuestros adentros. La observación y el conocimiento de lo intangible requieren algo más que saber contar. Requieren querer ver y aceptar que lo que se ve existe, nos guste o no. Para empezar no faltan ocasiones: todo en nosotros y aun alrededor nuestro proclama a gritos lo que somos y lo que es. También el arte apunta, como un dedo valiente e incansable que señala las verdades incómodas, hacia allí donde escuece mirar. Donde cura. Con dulzura y firmeza entra en nosotros. Pinta una marca en los tabiques que condenan las puertas de algunas habitaciones del alma. A veces abre un boquete en ellos para que podamos echar u...
El franctirador d'Albert Pijuan no dispara bales mortes. Els seus trets són precisos i abaten els lectors, un per un, sense treva ni remei. El franctirador tomba qui troba al seu pas. I les seves víctimes literàries s'hi rendeixen de gust. Sota l'aparença d'una novel·la negra, el relat lliga curt el lector amb el fil de la trama i l'arrossega pels carrers foscos de la connivència entre policies i pinxos, per les llars de la misèria –on la gent fa equilibris amb la supervivència com qui sosté un pal d'escombra dret damunt d'un dit–, per les innombrables formes que adopten la maldat, l'abús i l'opressió, per la precarietat de les conviccions, per la quotidianitat de la injustícia i la vergonya... Albert Pijuan pren el relleu d’autors com Maj Sjöwall i Per Wahlöö, que amb la seva sèrie de volums protagonitzats per l’inspector Martin Beck van esbotzar la superfície gelada que contenia i amagava aigües turbulentes a la societat sueca dels ...
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