Removeremos tierra, carbón y tinta. Someteremos a puños las ideas. ¿Qué material no cederá, si no cejamos? Nos quedarán, ése es el precio, las uñas negras.
Ando de visita en un concurso televisivo y la cosa ha removido alborozo entre quienes me conocen y hasta curiosidad entre algunos de los espectadores. Pareciera que el hecho de salir en la tele fuese, en sí mismo, una feliz noticia. Pero no. Puede uno ser el centro de un avance informativo y que la cosa tenga mal pronóstico. O puede que lo hayan atracado en plena calle para que improvise una opinión sobre algo que ni le incumbe ni le interesa, y acabe figurando como portavoz del pueblo llano. Incluso puede que lo inviten para entrevistarlo acerca de algo que esta vez sí le incumbe y le interesa vivamente, y que su intervención sea interrumpida o desmentida por un interlocutor agitado –o, aún peor, por la publicidad–. Salir en la tele no es necesariamente bueno. ¿Qué hago allí, entonces? “Saber y ganar” lleva años alegrándome las sobremesas, con su tono amable y ameno, con la varie dad y la claridad de sus contenidos y con la participación de hombres y mujeres normales. ...
A raíz de las recientes polémicas sobre cultura, política y política cultural, le propongo que se someta a este cuestionario breve. Seleccione la opción que mejor se ajuste a su opinión en cada caso. Al final del cuestionario encontrará la solución. 1. Suponga que es verano y dígame: ¿a quién va a dejar usted al cargo de su perro, su buzón y sus plantas mientras parte, feliz, de vacaciones? a) A alguien de buena voluntad, que además sepa cómo cuidar de todo. b) A uno que pasaba por allí, pero que le sonaba de vista, igual del bar. c) A quien alardee, alto y claro, de su enconado odio al mundo animal, postal y vegetal, y de su determinación de acabar con los tres. 2. Imagínese ya a su regreso: ¿en quién delegará la tierna educación de sus hijitos? ¿Quién quiere que les cure los rasguños? ¿A quién le encargará el pastel de cumpleaños? a) A alguien bienintencionado y mejor preparado. b) A quien esté a mano, qué sé yo, la portera, qué más dará uno u otro si son todos iguales. c) A quien pr...
Según cómo, un centro comercial podría parecernos el paradigma de la libertad. Entra uno, se pasea a su antojo arropado por una multitud de deambulantes libres, y gozan juntos de los escaparates, de ese olor a nuevo y a gofre con helado, de la posibilidad de escoger cualquier cosa. Todo está a nuestro alcance. El mundo en nuestras manos. Estupideces así nos decimos. ¿Y para qué? Para ignorar el dolor y la vergüenza de una vida cotidiana que se despliega como un sábado por la tarde en el centro comercial: en la más absoluta libertad, siempre y cuando nos ciñamos al catálogo y al presupuesto, que menguan a pasos gigantescos. El primero, nuestro abanico de posibilidades, está cuidadosamente restringido. Ríanse cuanto quieran. Precisamente ahora, que nuestra capacidad de elección nos parece infinita, resulta que es cuando más dirigidos estamos . La publicidad nos ensordece y ciega a todo lo que no sea su voz. Ya no queda rincón donde ponerse a salvo. Sólo existe aquello que nos m...
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