Removeremos tierra, carbón y tinta. Someteremos a puños las ideas. ¿Qué material no cederá, si no cejamos? Nos quedarán, ése es el precio, las uñas negras.
Ando de visita en un concurso televisivo y la cosa ha removido alborozo entre quienes me conocen y hasta curiosidad entre algunos de los espectadores. Pareciera que el hecho de salir en la tele fuese, en sí mismo, una feliz noticia. Pero no. Puede uno ser el centro de un avance informativo y que la cosa tenga mal pronóstico. O puede que lo hayan atracado en plena calle para que improvise una opinión sobre algo que ni le incumbe ni le interesa, y acabe figurando como portavoz del pueblo llano. Incluso puede que lo inviten para entrevistarlo acerca de algo que esta vez sí le incumbe y le interesa vivamente, y que su intervención sea interrumpida o desmentida por un interlocutor agitado –o, aún peor, por la publicidad–. Salir en la tele no es necesariamente bueno. ¿Qué hago allí, entonces? “Saber y ganar” lleva años alegrándome las sobremesas, con su tono amable y ameno, con la varie dad y la claridad de sus contenidos y con la participación de hombres y mujeres normales. ...
Los propósitos, caballos alados, caen del cielo en manadas tupidas de pelaje brillante y de compactas plumas. Relinchan con alegre ligereza y parecen trotar sobre las nubes con inaudible castañeo de herraduras. Son carne de aire y nacen tras cada esquina. No así su ejecución -su conversión en realidad palpable-, que cabalga con esfuerzo por la tierra, la hace retumbar bajo las patas robustas y levanta una densa polvareda. La ejecución es pues algo así como una mula decidida y paciente, sin porte mitológico ni perenne compañía. Se sabe fea e incapaz de cabriolas ingrávidas, pero avanza, avanza, avanza sin siquiera un bufido. Soporta el peso de todas las cargas y avanza. Bandadas de Pegasos de colores inéditos frecuentan a pintores, a escritores, a músicos, a gente de teatro... Incluso hay quien quisiera echarles lazo al cuello y, sujetándolos -flotantes, próximos-, apropiárselos. Los artistas de veras que conozco se rinden sin reservas a la danza infinita de los caballos alad...
Me lo confiesa con impunidad, aplomo y evidente coquetería: “Yo soy muy buena persona. Se lo debo a mi padre, que también es muy buena persona”. Me muerdo la lengua antes de añadir burlona: “Y él al suyo, ¿verdad?, que era como vosotros muy buena persona”. No hace falta, se basta solo: “Es que en mi familia todos somos muy buenas personas”. Sea por el solsticio o por los años que hace que lo conozco, me da pereza enzarzarme en una discusión cómica sobre lo ridículo e ingenuo de su afirmación, en la que late mucho más de lugar común que de vanidad. Enseguida se pondría digno creyendo que le cuestiono la que él considera su mejor virtud, su herencia más preciada: “¿Cómo que no somos buenas personas?”. Y en lo que atañe al supuesto honor familiar, no hay humor que valga. Así que me callo, esbozo una sonrisa escéptica, relleno las tazas de café y pasamos a hablar de otra cosa. Más tarde, horas después de su partida, el ataque de risa contenido reaparece y le doy rienda suelta....
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