La privatización del jabón

Escribo desde una habitación cualquiera de un hospital público cualquiera. Junto a la puerta, un número de tres cifras la distingue de las demás. En el cabecero de la cama, una gran letra A diferencia al paciente que yace de su compañero B.

El sábado y el domingo por la tarde el pasillo se convierte en una romería, un ir y venir de familiares y amigos bienintencionados que le traen roscón al diabético y morcilla de burgos al hipertenso. Las noches son silenciosas y empiezan muy temprano. En las horas oscuras, se aconseja sacar las flores del cuarto y dejarlas en el baño privado, pues en el corredor alguien podría robarlas. Ese baño carece de ducha: los pacientes inmóviles son aseados en la cama; los tambaleantes, de pie, apoyados en las baldosas, con imaginación y una esponja húmeda; los dicharacheros, en las duchas comunes, al fondo del pasillo a la derecha.

La higiene es vital. La higiene ocupa una posición preeminente en la escala sanitaria, junto con la alimentación y el descanso. Las instituciones no se cansan de recomendar y fomentar la higiene como medida para frenar epidemias. Sin embargo, el baño privado de esta habitación cualquiera de un hospital público cualquiera carece también de jabón. Las duchas comunes carecen de jabón. El lavabo público –que comparten los infinitos visitantes de fin de semana, los menos abundantes visitantes de tardes laborables y los acompañantes justos que se turnan para velar por el bienestar y la imposible comodidad del paciente durante todas las horas del día– carece de jabón. Los jaboneros están perpetuamente vacíos. Hordas de hombres y mujeres entran y salen de la planta hospitalaria con las manos apenas enjuagadas, en el mejor de los casos.

Parece sencillo remediar este caos: tráigase cada uno una pastilla de jabón, pequeña y ramplona, de su casa. No obstante, la instauración de esta solución comporta un problema aún más grave: significa que deberá cada quién componérselas por su cuenta para mantener su propia higiene, y que quien no tenga dinero para jabón o –aún peor, en el caso de los pacientes– nadie que se lo traiga estará condenado a ir sucio.

Significa que en la sanidad pública ya se ha privatizado la higiene personal.

Comentarios

  1. Seamos, pues, higiénicos.

    Un beso de pompa de jabón.
    (Nuestra)

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  2. ¡Higiene para todos!¡Esponja, agua y jabón!

    Besos envueltos en una toalla.

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  3. Miss Uñas Negras haciendo un llamamiento al lavado de manos. Yo creo que lo haces para tener el monopolio.

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  4. ¡Me pillaste, Diego! Te confieso un secreto: las uñas azabache exigen una limpieza exquisita. Nada de roña, que enseguida amarillea y desdice este negro tinta china que tanto trabajo me cuesta.

    Un abrazo.

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