Café, copa y teatro
CAFÉ
(Telón gris.)
AUTOR. […] (Hace unas palmas.) ¿Quiere traerme una taza de café?
(Cae un telón pintado con casas y basura. Pausa.)
Bien cargado.
COPA
(En un café de pueblo, cuatro contertulios sentados alrededor de una mesa –ya cada uno en el sitio que ocupará luego, cuando jueguen a la botifarra– hojean cuatro periódicos distintos. Son lo que beben.)
QUINTO. Diu que un català ha guanyat la copa Max.
SOL Y SOMBRA. La Copa de este año ya tiene dueño, coño.
CIGALÓ. Aquí també ho posa: Max al millor text dramàtic en català per al Sergi Belbel.
SOL Y SOMBRA. No me jodáis, al mejor texto en catalán, ¡menudo premio de chicha y nabo!
CIGALÓ. Espereu, no, que el Belbel n’és el traductor.
QUINTO. Oi que aquest Belbel surt a la tele?
SOL Y SOMBRA. ¡Pero si ni en su casa lo conocen! ¡Cómo va a salir por la tele!
CIGALÓ. I tant, que és famós! (Lee:) «Belbel, director del Teatre Nacional de Catalunya…»
QUINTO. Collons, si hi vaig anar amb la dona, que ens vam haver de mudar i tot!
SOL Y SOMBRA. ¿Tú en el teatro? No me hagas reír, que se me sube la tensión…
CIGALÓ. Quina obra hi feien?
QUINTO. «Pedra de tortilla», tu. Quins decorats! Semblaven ben bé de debò.
SOL Y SOMBRA. Va, no disimuléis, contadlo todo: ¿qué ha traducido para que le den el premio ese?
CIGALÓ. «Delicades», d’Alfredo Sanzol. De fet, el premi és per a l’autor de l’obra.
SOL Y SOMBRA. ¡Ja! ¿Y en qué idioma la había escrito?
CIGALÓ. En castellà.
QUINTO. Doncs no m’explico que l’hagin fet traduir, perquè jo l’hauria entès igual de malament. «Pedra de tortilla» era en català i prou que em va costar...
SOL Y SOMBRA. Bajad de la higuera, leche. Ha ganado por traducir una obra en español porque como escribimos en español no se escribe en ningún otro idioma, y mucho menos en un dialecto provinciano como el catalán. Para igualar nuestra literatura, tenéis que traducirla. ¡Si hasta los premios para autores catalanes nos los llevamos nosotros!
(Silencio.)
CAFÉ SOLO. No ho hauria dit mai de tu, que sabessis escriure…
TEATRO
(Después de la representación de «La idea d'Europa», acodado en la barra del bar de la Sala Beckett, el espectador rezagado filosofa.)
ESPECTADOR. Qué cosa, los cafés… Sustenta Steiner en la existencia de los cafés su primera idea de Europa. Claro, habiendo cafés para el encuentro y el diálogo, para las divagaciones y las revelaciones, pues uno piensa más. O, por lo menos, se esfuerza más por poner en palabras lo que piensa. No te creas (se dirige al barman que más sabe de teatro:), al principio, con esto que hace Intente de meter al trasunto de Steiner en un café me ha entrado como… grima, un señor tan formal como Steiner dando tumbos por un café chiquitito con cortina de cuentas; no un cuchitril, no, pero algo medio pueblerino. Y luego, ya ves, con lo de que se puede recorrer Europa andando, y lo de que las ciudades europeas tienen la memoria grabada en las placas de las calles, y lo de que la destrucción de Europa como tal plana sobre nosotros desde 1914, o desde antes, mira, se me ha encendido una lucecita: ¡pues claro que lo sienta en un café! ¡Claro que lo ancla en un lugar físico concreto! En un lugar solitario, envejecido y repintado, donde uno no acaba de poder entenderse del todo con nadie, aunque no por eso deja de intentarlo. ¡Lo sitúa en el mundo! Arranca al pensador del plano ingrávido y puro de las ideas y lo lanza al mundo, a la Europa que hacemos unos y otros. El problema es que, cuando uno se acostumbra a creer en los buenos libros, la realidad se le vuelve decepcionante, grasienta y apestosa como la tasca de aquí al lado, la de la esquina con no sé qué calle. Por eso me gusta aún más este Steiner-Intente, por eso me reconforta: porque le devuelve a uno la esperanza en que todavía se puede reconquistar la realidad recorriendo el camino inverso, el del hombre que, en cualquier lugar –por estrecho u hostil que parezca– y en cualquier lengua –por vieja y casi perdida que esté– crea pensamiento. ¿Qué se debe, jefe? Buenas noches. Y gracias.
(Telón gris.)
AUTOR. […] (Hace unas palmas.) ¿Quiere traerme una taza de café?
(Cae un telón pintado con casas y basura. Pausa.)
Bien cargado.
Federico García Lorca, Comedia sin título.
COPA
(En un café de pueblo, cuatro contertulios sentados alrededor de una mesa –ya cada uno en el sitio que ocupará luego, cuando jueguen a la botifarra– hojean cuatro periódicos distintos. Son lo que beben.)
QUINTO. Diu que un català ha guanyat la copa Max.
SOL Y SOMBRA. La Copa de este año ya tiene dueño, coño.
CIGALÓ. Aquí també ho posa: Max al millor text dramàtic en català per al Sergi Belbel.
SOL Y SOMBRA. No me jodáis, al mejor texto en catalán, ¡menudo premio de chicha y nabo!
CIGALÓ. Espereu, no, que el Belbel n’és el traductor.
QUINTO. Oi que aquest Belbel surt a la tele?
SOL Y SOMBRA. ¡Pero si ni en su casa lo conocen! ¡Cómo va a salir por la tele!
CIGALÓ. I tant, que és famós! (Lee:) «Belbel, director del Teatre Nacional de Catalunya…»
QUINTO. Collons, si hi vaig anar amb la dona, que ens vam haver de mudar i tot!
SOL Y SOMBRA. ¿Tú en el teatro? No me hagas reír, que se me sube la tensión…
CIGALÓ. Quina obra hi feien?
QUINTO. «Pedra de tortilla», tu. Quins decorats! Semblaven ben bé de debò.
SOL Y SOMBRA. Va, no disimuléis, contadlo todo: ¿qué ha traducido para que le den el premio ese?
CIGALÓ. «Delicades», d’Alfredo Sanzol. De fet, el premi és per a l’autor de l’obra.
SOL Y SOMBRA. ¡Ja! ¿Y en qué idioma la había escrito?
CIGALÓ. En castellà.
QUINTO. Doncs no m’explico que l’hagin fet traduir, perquè jo l’hauria entès igual de malament. «Pedra de tortilla» era en català i prou que em va costar...
SOL Y SOMBRA. Bajad de la higuera, leche. Ha ganado por traducir una obra en español porque como escribimos en español no se escribe en ningún otro idioma, y mucho menos en un dialecto provinciano como el catalán. Para igualar nuestra literatura, tenéis que traducirla. ¡Si hasta los premios para autores catalanes nos los llevamos nosotros!
(Silencio.)
CAFÉ SOLO. No ho hauria dit mai de tu, que sabessis escriure…
TEATRO
(Después de la representación de «La idea d'Europa», acodado en la barra del bar de la Sala Beckett, el espectador rezagado filosofa.)
ESPECTADOR. Qué cosa, los cafés… Sustenta Steiner en la existencia de los cafés su primera idea de Europa. Claro, habiendo cafés para el encuentro y el diálogo, para las divagaciones y las revelaciones, pues uno piensa más. O, por lo menos, se esfuerza más por poner en palabras lo que piensa. No te creas (se dirige al barman que más sabe de teatro:), al principio, con esto que hace Intente de meter al trasunto de Steiner en un café me ha entrado como… grima, un señor tan formal como Steiner dando tumbos por un café chiquitito con cortina de cuentas; no un cuchitril, no, pero algo medio pueblerino. Y luego, ya ves, con lo de que se puede recorrer Europa andando, y lo de que las ciudades europeas tienen la memoria grabada en las placas de las calles, y lo de que la destrucción de Europa como tal plana sobre nosotros desde 1914, o desde antes, mira, se me ha encendido una lucecita: ¡pues claro que lo sienta en un café! ¡Claro que lo ancla en un lugar físico concreto! En un lugar solitario, envejecido y repintado, donde uno no acaba de poder entenderse del todo con nadie, aunque no por eso deja de intentarlo. ¡Lo sitúa en el mundo! Arranca al pensador del plano ingrávido y puro de las ideas y lo lanza al mundo, a la Europa que hacemos unos y otros. El problema es que, cuando uno se acostumbra a creer en los buenos libros, la realidad se le vuelve decepcionante, grasienta y apestosa como la tasca de aquí al lado, la de la esquina con no sé qué calle. Por eso me gusta aún más este Steiner-Intente, por eso me reconforta: porque le devuelve a uno la esperanza en que todavía se puede reconquistar la realidad recorriendo el camino inverso, el del hombre que, en cualquier lugar –por estrecho u hostil que parezca– y en cualquier lengua –por vieja y casi perdida que esté– crea pensamiento. ¿Qué se debe, jefe? Buenas noches. Y gracias.
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