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Tejiendo vínculos

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Tejemos las relaciones hilo a hilo, en telar manual y con esmero. La proximidad, la convivencia o el contacto frecuente, facilitan la labor. Así vamos acumulando vueltas día a día y crece el buen tejido sin sentir. En la cercanía detectamos de manera natural los nudos involuntarios, y los desembrollamos enseguida. Una pasada torpe puede deshacerse y rehacerse con más cuidado en un momento. Y esas taras menores que no tienen remedio, las inevitables imperfecciones, aprende uno a quererlas sin mayor consecuencia cuando media el afecto. Las relaciones de esta naturaleza van ganando profundidad. Su espesor cálido, artesanal, nos abriga cuando arrecia el frío. Pero ahora andamos lejos unos de otros, y vamos demasiado cortos de horas como para cultivar además labores decorativas . Hasta tal punto vivimos instalados en la urgencia de la supervivencia, que permanecemos compulsivamente anclados en ella cuando ya nos hemos provisto en abundancia. Damos muchas relaciones por supuestas y aun por d...

El berrido o la civilización

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Cuando me preguntan por qué abordo tan a menudo la cuestión de la educación en este espacio destinado a la protesta permanente, mi respuesta es simple: con un poco más de aquella no habría necesidad de ésta. Y al pronunciarme así, a muchos les parezco una abuela gruñona o un cura de pueblo. Nada más lejos. Precisamente porque creo en una humanidad dotada y capaz, corresponsable , sensible y trascendente, me niego a resignarme a este sucedáneo de civilización que prolifera y distorsiona el curso de la especie. Reina la fe irracional en la inmediatez entre causa y efecto. Así como para encender una bombilla accionamos el interruptor (ejemplo antiguo) o activamos operaciones admirables en nuestro teléfono móvil con una concisa orden de voz (ejemplo actual, que la propia tecnología dejará antiguo en breve), creemos que para modificar cualquier situación o comportamiento incómodo, desagradable o pernicioso basta con alterar su causa inmediata. Este credo de lo instan...

Los niños no sirven para nada

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La frase que da título a esta entrada no es mía, sino de un padre de familia que blande en el aire un dedo índice acusador. Se ha puesto en pie de repente, a media tertulia literaria, justo cuando abordábamos la oposición entre el utilitarismo economicista (ese que concibe a las personas como herramientas o recursos) y el humanismo (que prioriza la vida en plenitud, y relega el provecho al papel de servidor en vez de amo). Grita "¡Los niños no sirven para nada!" y de entrada parece una boutade . El lema ejemplifica a las mil maravillas el absurdo imperante, que se empeña en anteponer el mercado al ser humano. Lo ha soltado con una contundencia y un fervor tan bien fingidos que multiplican el efecto irónico. Cunde la risa. Entonces nos damos cuenta de que la cosa no iba en broma. Enrojece y concentra en mí la mirada y la furia: "¿Tú qué sabes? ¿Tú tienes niños? ¿Eh? ¡Porque yo tengo dos! ¡Dos! Y no sirven para nada. Lo he pensado mucho. Llevo años dándole vueltas a esto....

Reparación a hachazos

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Doña Pepa viene leyendo los papeles con ánimo menguante. El primer día, cuando un sinfín de voces llamaron por su nombre a ese desolladero que eran las clases de un desaprensivo (que hasta entonces pasaba por director de teatro), una Pepa exultante celebró la valentía de quienes así hablaban, y el rigor y la exhaustividad de los periodistas que firmaban la noticia . El caso no le sorprendió ni medio gramo, porque a ella la barba le creció precisamente en esas aulas dramáticas y allí la categoría humana del susodicho la conocía hasta el bedel suplente. Albergó brevemente la esperanza de que aquel estallido sirviera para limpiar la charca de sanguijuelas como esa. Le pareció que dos focos de atención exigían una intervención inmediata, y que estaban claros. Para empezar, se dijo, por fin se investigaría la actuación de aquel ebrio tirano feudal que se arrogaba el derecho de pernada, y se emprenderían las acciones administrativas y jurídicas pertinentes; esto incluiría una inspección exte...

Éste iba a ser mi año

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No deja de sorprenderle nunca a una la obstinada ingenuidad del ser humano, ese empecinamiento y esa ceguera tan propios de la especie.  Tras el éxito mundial del lema "Yo soy buena persona" , del que con gusto me carcajeé tiempo atrás en otra diatriba, hoy se cacarea cual estribillo pegadizo "Éste iba a ser mi año". La cancioncilla, mitad resignada y mitad coqueta, la entonan por doquier quienes aún no se creen que 2020 haya tenido el atrevimiento de acabarse sin traerles lo suyo, lo que se merecían y cuyo cumplimiento se prometía inminente. El ascenso o el salto a la fama. El dulce amor verdadero. La concepción feliz de quintillizos. La caída del imperio romano. Eso que fuese que anhelaban (y para gustos, anhelos) tendría que haber acaecido sin defecto, y bien que lo hubiera hecho de no ser por el giro imprevisible de los acontecimientos. Claro. Pues servidora tampoco va a ser menos. Éste año desaprensivo y humillante iba a suponer la consagración de Pepa Pertej...

No se puede poder tan poco

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"Quien hace lo que puede no está obligado a más", reza el refrán. Y en este caso atina (señalarlo no sobra, porque el refranero alterna la mayor sensatez con las barbaridades más calamitosas). "Quien hace lo que puede", sostenemos, y es cierto. No caben ni el arrepentimiento ni el reproche cuando se han consagrado a un menester las propias fuerzas y capacidades. Llegue o no el resultado que anhelábamos. "No está obligado a más", concluimos, y de inmediato quedamos liberados de los trabajos de Sísifo. La frase rompe esa cadena que de otro modo nos amarraría eternamente a un deber imposible. Y sin embargo, ¿quién hace lo que puede? ¿No se habrá vuelto la fórmula una excusa con la que justificar nuestra nula disponibilidad y nuestra ínfima aptitud? ¿No hablan la desgana y la pereza a través de la mayoría de los "quien hace lo que puede"? Porque cuesta bastante creerse lo poco que en general se puede... No estar obligado a más tampoco implica necesar...

¿Para qué vivo ahora?

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Se respiran desánimo y hostilidad en la calle. La calle es un decir, ahora que apenas puede una salir y que corre peligro de llevarse un disgusto cada vez que lo hace. De igual manera, la impaciencia y el desconcierto imperan en las telegestiones. Hasta tal punto llega la robotización literal y metafórica de la atención al ciudadano / trabajador / usuario / cliente , que a menudo nos cuesta discernir si quien responde es una máquina medianamente lograda o un humano muy venido a menos.  Por teléfono pulse ocho u ochenta, y en la espera cuente hasta ocho mil. Frustrante aunque sencillo. Si no se corta. Si al final nos contestan. Si resulta que la voz, cuando llega, sabe de qué le hablamos y cómo se resuelve.  La cosa se complica en la red, diseñada como está para facilitarlo todo. Rellene el formulario. Escoja entre las mil opciones desplegables (se ajusten o no a eso que le pasa). Adjunte la documentación requerida (esa y ninguna otra, por mucho que se parezcan, aunqu...

Los covicafres

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Me anuncia Eva Hibernia una de las conclusiones que saca ella de esto. Por esto léase el berenjenal nuestro de cada día y el fascinante repertorio de reacciones de obra, palabra u omisión que despierta. Me lo anuncia por teléfono, porque anunciar conclusiones en persona está prohibido los fines de semana y se desaconseja encarecidamente los días laborables.  Me explica que desde que dimos a Dios por muerto (y quien dice muerto dice desautorizado o denostado , que cuando uno es Dios viene a ser la misma cosa), la plaza está vacante. Y por más que presumamos de posmodernos, un vacío es un vacío y todo vacío acaba lleno de algo. Eso aseveran el feng-shui y la física cuántica.  Así que, igual que nuestros antepasados le concedían a Dios el papel de rector incontestable de sus días, nosotros se lo otorgamos hoy ¿a qué? ¿A la plaga? ¿Al inextricable debate científico? ¿A las laberínticas y desconcertadas medidas de contención, que tan pronto son mero barniz o simulacro, como est...

La Edad de la Ofuscación

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La claridad de pensamiento empieza a ser (como los unicornios, las sirenas o el árbol del Paraíso) una cosa fantástica: algo de lo que todos hemos oído hablar pero cuya existencia real no está probada.  A las consabidas Edades prehistóricas, la de la Piedra y la de los Metales, podemos hoy sumarle esta tercera, tan paradójicamente primitiva y ávida de sofisticación como las anteriores. Bienvenidos, señoras y señores, a la Edad de la Ofuscación. Si nuestros antepasados neolíticos hacían maravillas con el sílex, nuestra civilización usa la confusión como materia prima: la siembra por doquier y cosecha complacida sus frutos. Que además son jugosos para los pescadores de los ríos revueltos. ¿En qué se reconoce esta preponderante oscuridad de la razón? Muchas son las señales sutiles, más aún las groseras. Para no entrar en precisiones demasiado específicas ni en listas detalladas, cuya comprensión podría resultar exigente, el síntoma principal y evidente es el deterioro cognitivo, perce...

Los lazos flojos

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En los últimos tiempos  ha aflojado los lazos  con personas queridas.  No con todas. Con esas  que cojeaban del pie  de la lamentación  sin fin, pobre de mí,  de la sordera crónica,  de la autocomplacencia.  Con personas queridas  que daban ya por hecho  que ella las querría  sin límite o remedio.  ¿De qué servía decirles:  "Cuidado, que me pisas"?  ¿De qué servía advertirles:  "No quiero que me escupas"?  ¿De qué servía plantarse:  "No me uses, no soy  un pañuelo, no soy  un cubo de basura"?  De nada. Y derramaban  sus lágrimas amargas,  y la ahogaban en llanto.  Ahí podía morirse,  ¡qué mas les daba, si ellos  quedaban descansados!  ¿Le duele haber soltado  amarras con personas  queridas? ¿Con aquellas  que siempre le cantaban  la letanía oscura  de su triste desgracia?  ¡Más le dolía antes!  Adiós a quienes nunca...