Sólo lo imprescindible
Aquí estamos, encerrados entre las cuatro paredes de nuestras casas.
Dándonos de bruces con nuestras rutinas, que andan cabeza abajo y se revuelven, fieras.
Mirando cara a cara los objetos inútiles que ocupan, porque nosotros los pusimos allí, el espacio que ahora se nos hace estrecho.
Viendo con nuevos ojos, con mayor proximidad y detenimiento, a las personas con quienes convivimos.
Aquí estamos, en el mejor de los casos y con suma paciencia, dejando en barbecho lo que llamábamos vida cotidiana.
También puede ser que insistamos en hacernos los suecos.
Quizá nos las hayamos apañado para embutir las irrenunciables costumbres, el consumo exacerbado y la ceguera humana en este día a día comprimido.
A lo peor estamos reproduciendo in vitro las mismas deplorables condiciones de vida que, de tan interiorizadas, se nos han hecho familiares y queridas.
«¡Aproveche este momento irrepetible para...!», nos asedian reclamos infinitos durante estas semanas de clausura; si uno quisiera, podría rellenar sus días y sus noches de actividad frenética indoor.
Sin parar de teletrabajar.
Con las criaturas estableciendo un nuevo récord de deberes electrónicos por minuto.
Si tiene usted la incalculable fortuna de estar sano, con la nevera moderadamente abastecida, el techo sin goteras y gente a la que quiere (o eso se supone) a su lado, déjese de una vez de mandangas.
Esta tarde podría estar enfermo.
O mañana.
¿De veras es tan urgente eso que le ocupa?
¿Tan importante?
¿Es una tarea imprescindible?
¿Acaso se cree usted imprescindible mientras la desempeña?
¿Conjura así su miedo a que la vida prescinda de usted?
Pare un momento.
Respire hondo.
Mire a su alrededor.
Recordaremos estos días extraños.
¿Qué hacía usted?
¿Disimulaba su humanidad y la escondía detrás de los muros de siempre?
¿O se atrevió a separar el grano de la paja y conservó sólo lo imprescindible?
Dándonos de bruces con nuestras rutinas, que andan cabeza abajo y se revuelven, fieras.
Mirando cara a cara los objetos inútiles que ocupan, porque nosotros los pusimos allí, el espacio que ahora se nos hace estrecho.
Viendo con nuevos ojos, con mayor proximidad y detenimiento, a las personas con quienes convivimos.
Aquí estamos, en el mejor de los casos y con suma paciencia, dejando en barbecho lo que llamábamos vida cotidiana.
También puede ser que insistamos en hacernos los suecos.
Quizá nos las hayamos apañado para embutir las irrenunciables costumbres, el consumo exacerbado y la ceguera humana en este día a día comprimido.
A lo peor estamos reproduciendo in vitro las mismas deplorables condiciones de vida que, de tan interiorizadas, se nos han hecho familiares y queridas.
«¡Aproveche este momento irrepetible para...!», nos asedian reclamos infinitos durante estas semanas de clausura; si uno quisiera, podría rellenar sus días y sus noches de actividad frenética indoor.
Sin parar de teletrabajar.
Con las criaturas estableciendo un nuevo récord de deberes electrónicos por minuto.
Si tiene usted la incalculable fortuna de estar sano, con la nevera moderadamente abastecida, el techo sin goteras y gente a la que quiere (o eso se supone) a su lado, déjese de una vez de mandangas.
Esta tarde podría estar enfermo.
O mañana.
¿De veras es tan urgente eso que le ocupa?
¿Tan importante?
¿Es una tarea imprescindible?
¿Acaso se cree usted imprescindible mientras la desempeña?
¿Conjura así su miedo a que la vida prescinda de usted?
Pare un momento.
Respire hondo.
Mire a su alrededor.
Recordaremos estos días extraños.
¿Qué hacía usted?
¿Disimulaba su humanidad y la escondía detrás de los muros de siempre?
¿O se atrevió a separar el grano de la paja y conservó sólo lo imprescindible?

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