Ensayo sobre teatro (IX): PEQUEÑO TEATRO
Los ESPECTADORES vienen de cenar algo ligero, o
bien se encuentran apresuradamente en el vestíbulo justo antes de la función y
se toman una cerveza rápida en el bar del teatro mientras comprueban que llevan
las entradas y que no están numeradas, que conocen –o no– de algún otro montaje
a los actores, que el espectáculo dura algo más de una hora y harán bien en
pasar por el lavabo antes de entrar, que han desconectado el teléfono móvil.
Cuando el jefe de sala abre la puerta, proceden a escoger y a ocupar los
asientos que creen mejores. Prolongan la cháchara durante los minutos de
expectación. Entonces se apagan las luces del mundo real y ante sus ojos se
ilumina el mundo surreal, suprarreal, hiperreal: el mundo que toma la realidad entre sus manos y la comprime y la
expande y la dinamita.
ACTOR. Pongamos que yo abandono el teatro. Un actor solo dejando el teatro para siempre por su propio pie. ¿Qué pierde el mundo? Nada. Si acaso, gana. Gana, por ejemplo, un teleoperador, que siempre hará más falta.
ACTRIZ. Quizá tengas razón. Eso yo no lo sé. Pero si tú abandonas y es cierto que no pierde nada el mundo, comprenderé con tu abandono que no le hacemos falta, que no nos necesita. Abandonaré entonces también yo.
DIRECTOR. Entonces tal vez abandonemos los tres. ¿Qué es el mundo, qué el teatro, qué yo, sin vosotros?
ESCENÓGRAFO. ¿Abandonáis?
FIGURINISTA. Abandonamos.
AUTORA. Voy con vosotros, dejad la puerta abierta que ahora os alcanzo. Es un instante, lo que tardo en concluir este ensayo.
MÚSICO. ¿Lo acabarás?
AUTORA. Antes de abandonar.
TÉCNICO. ¿Y para qué?
AUTORA. No sé. Para dejar constancia.
ACTOR y ACTRIZ. De nuestra presencia.
ESCENÓGRAFO y FIGURINISTA. De nuestro relevante paso efímero.
MÚSICO. De nuestro grito en el cielo. De nuestro silencio voluntario.
DIRECTOR. De nuestra desaparición.
Ha ido saliendo cada quién con su última réplica. Caminaban con lentitud solemne y apesadumbrada.
AUTORA. ¿Me esperaréis fuera?
VOCES. (Responden todos, desde lejos, al unísono.) Nosotros ya no esperamos nada.
Un recorte ilumina débilmente la mesa de trabajo, dejando ver apenas el papel y la mano que en él escribe bañados en una tenue luz ambarina que se va extinguiendo. Oscuro. Los ESPECTADORES permanecen en sus butacas. Uno aprovecha para abrir ruidosamente el envoltorio de celofán de un caramelo de cereza cuyo aroma intenso y prefabricado inunda la sala, de la última fila al fondo del escenario, del vestíbulo a los camerinos, de la taquilla a la salida de emergencia. Esperan que dé comienzo una nueva escena, o bien que la luz de sala anuncie el entreacto. Empiezan a intercambiar, entre susurros, frases breves y comentarios desconcertados.
ESPECTADORA 1. ¿Qué pasa?
ESPECTADOR 2. Deber de ser teatro moderno.
ESPECTADOR 3. Ah.
ACTOR. Pongamos que yo abandono el teatro. Un actor solo dejando el teatro para siempre por su propio pie. ¿Qué pierde el mundo? Nada. Si acaso, gana. Gana, por ejemplo, un teleoperador, que siempre hará más falta.
ACTRIZ. Quizá tengas razón. Eso yo no lo sé. Pero si tú abandonas y es cierto que no pierde nada el mundo, comprenderé con tu abandono que no le hacemos falta, que no nos necesita. Abandonaré entonces también yo.
DIRECTOR. Entonces tal vez abandonemos los tres. ¿Qué es el mundo, qué el teatro, qué yo, sin vosotros?
ESCENÓGRAFO. ¿Abandonáis?
FIGURINISTA. Abandonamos.
AUTORA. Voy con vosotros, dejad la puerta abierta que ahora os alcanzo. Es un instante, lo que tardo en concluir este ensayo.
MÚSICO. ¿Lo acabarás?
AUTORA. Antes de abandonar.
TÉCNICO. ¿Y para qué?
AUTORA. No sé. Para dejar constancia.
ACTOR y ACTRIZ. De nuestra presencia.
ESCENÓGRAFO y FIGURINISTA. De nuestro relevante paso efímero.
MÚSICO. De nuestro grito en el cielo. De nuestro silencio voluntario.
DIRECTOR. De nuestra desaparición.
Ha ido saliendo cada quién con su última réplica. Caminaban con lentitud solemne y apesadumbrada.
AUTORA. ¿Me esperaréis fuera?
VOCES. (Responden todos, desde lejos, al unísono.) Nosotros ya no esperamos nada.
Un recorte ilumina débilmente la mesa de trabajo, dejando ver apenas el papel y la mano que en él escribe bañados en una tenue luz ambarina que se va extinguiendo. Oscuro. Los ESPECTADORES permanecen en sus butacas. Uno aprovecha para abrir ruidosamente el envoltorio de celofán de un caramelo de cereza cuyo aroma intenso y prefabricado inunda la sala, de la última fila al fondo del escenario, del vestíbulo a los camerinos, de la taquilla a la salida de emergencia. Esperan que dé comienzo una nueva escena, o bien que la luz de sala anuncie el entreacto. Empiezan a intercambiar, entre susurros, frases breves y comentarios desconcertados.
ESPECTADORA 1. ¿Qué pasa?
ESPECTADOR 2. Deber de ser teatro moderno.
ESPECTADOR 3. Ah.
Pausa.
ESPECTADORA 1. ¿Y cuánto va a durar?
ESPECTADOR 2. ¿La obra?
ESPECTADORA 1. No, este vacío.
ESPECTADOR 2. Es difícil de adivinar.
ESPECTADOR 3. Claro.
Pausa.
ESPECTADORA 1. No entra nadie. Igual se ha acabado.
ESPECTADOR 2. No, mujer. En el programa ponía hora y cuarto.
ESPECTADOR 3. Yo es que no vengo mucho al teatro…
Pausa.
ESPECTADORA 1. Yo creo que ya está.
ESPECTADOR 3. ¿Aplaudimos?
ESPECTADOR 1. ¡Encima! El teatro cada vez me gusta menos. Lo que es yo, os digo que no vuelvo.
ESPECTADOR 2. ¿Qué haces? ¿No querrás salir a oscuras?
ESPECTADORA 1. Esta nada es insoportable. Este marasmo. Este desierto. Esta muerte.
ESPECTADOR 3. ¿Por qué no te comes un caramelo?
La conversación habrá ido ganando paulatinamente
reverberación; un eco cada vez más grave y más lento irá sucediendo a las
réplicas. Al final, sólo quedará una repetición infinita de susurros
amplificados venidos desde lo más hondo del universo.
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