Ensayo sobre teatro (I)
Cual réplica de Montaigne –modesta, anacrónica e inconstante, pero réplica al cabo–, me encierro aquí a escribir cuanto vaya trayendo el curso del pensamiento. Escribiré poniendo mente y corazón en el pasado, el presente y el futuro del menor de los teatros: éste repleto de ambición artística y al que se le angostan, cada vez más, las posibilidades reales de subsistencia económica.
Mis ideas no
discurrirán por la vereda trillada del apocalipsis: ha sobrevivido ya el teatro a
siglos y a penurias suficientes para disuadirme de la proximidad de su
extinción. Se extinguirán, eso sí, los platos de lentejas de las mesas de autores y de
actores, de las de directores, escenógrafos, figurinistas, músicos,
maquinistas, jefes de sala, de las mesas de una larga lista de profesionales
vinculados en distinto grado con la creación y la exhibición dramáticas; se
derrumbarán, hasta quedar en ruinas, los escenarios donde trabajaban –donde vivían– todos ellos, y los tejados que los cobijaban, pero persistirá el teatro.
Cómo lo hará
es para mí una incógnita, lo confieso. Por mi parte, me empecino en sacar
adelante mi frágil y
poderosa porción de teatro, y para eso hago acopio de determinación lúcida redactando este ensayo sobre un arte que
se ensaya, reflexión sobre un arte que reflexiona incansablemente.

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