Magro y las escritoras ágrafas (IV)
Aunque lo halagaba la atención que el comisario le
prestaba, al mismo tiempo lo embargaba una reticencia pertinaz. Conocer
personalmente a Magro había sido, durante años, uno de esos sueños
irrealizables. Pero ¿tenía que cumplirse precisamente hoy?
Eduardo escribía intriga de larga duración para el prestigioso
grupo editorial internacional Pepe Natas, propiedad del antaño editor y ahora
magnate del oro negro sobre blanco del mismo nombre. Era un triste negro de la
novela negra.
Sus libros se los repartían media docena de escritoras
bien pagadas; para cada una, Eduardo había inventado un detective distinto y
peculiar: en seis turnos diarios, redactaba sin reposo las aventuras
de la karateca Menchu Manchú, los descubrimientos de la suertuda
Fabiola Fortuna, las deducciones de la forense Bisturia Formol, las
persecuciones del ligero Silvestre Gacela, la puntería
del vengador Justo Implacable y las borracheras del cenizo y
eternamente sancionado Bienvenido Malasombra.
Luego, en las Ferias del Libro, en las presentaciones,
en las charlas públicas, él rondaba la caseta, la librería o la biblioteca
donde ellas presumían abiertamente de originalidad, inspiración, humor y
talento, ante sus numerosísimos lectores. Solían presumir, además, de un modo
tácito y elegante, de relojes de oro, zapatos a medida y sencillos trajes de
diseñadores en boga. Mientras él se volvía loco frente al ordenador que echaba,
literalmente, humo por el ventilador, ellas se pegaban la gran vida. La vida Pepe
Natas.
Por eso, porque había llegado el tan anhelado día
de su venganza, y porque tenía un plan meditado y minucioso que no
admitía alteración ni retraso, en vez de mantener con él la conversación que
tanto había soñado, Eduardo se vio obligado a agradecer a Julio Magro su
inestimable ayuda transportando aquellas cajas, a conducirlo hasta la cercana estación
de estilo modernista y techos altísimos, a depositar los bultos en consigna, a
guardarse la llave en el bolsillo y a pedir dos raciones de buñuelos y dos
cafés con leche en la cafetería desierta. El comisario mojaba a solaz la pasta
en el tazón vanguardista cuando el escritor se puso en pie sin avisar y echó a
correr hacia los andenes. Se coló en un tren de cercanías que partía de
inmediato.
—Hasta luego, amigo –lo despidió Magro sin un ápice de
enojo. Acabó su plato y la emprendió con el de Eduardo. Tirar la comida le
parecía un crimen.
Finalmente, regresó a la
consigna, mostró su placa al encargado y dedicó el resto de la mañana a
inspeccionar, en la cafetería de la estación, los documentos que habían sacado del piso de la señorita
Ascensión.
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