Magro y el teatro agonizante (III)
—Comisario
Julio Magro –se presentó a la joven que presidía el mostrador de préstamo y
devolución de documentos–, necesito la dirección de uno de sus… lectores.
—Usuarios
–puntualizó ella con una sonrisa rígida.
—Uno de
sus usuarios, eso es. Se trata del señor Arturo Tomillo…
—No
estoy autorizada a revelar los datos personales de nuestros usuarios.
—Ni
siquiera a un policía.
—Ni
siquiera a un batallón armado con fusiles de asalto que echase la puerta abajo
y me despojase de mi ropa para arrancarme una confesión…
—Disculpe
que la interrumpa, señorita, pero esta gestión es urgente y vital para el
desarrollo de la investigación.
—¡No,
no, suéltenme, suéltenme…! –chillaba ella, sacudiendo voluptuosamente la cabeza
a uno y otro lado.
—Dios
bendito… –murmuró Magro contrariado, sacudiendo él también la cabeza de pura
estupefacción.
Los
años de experiencia le habían enseñado a Julio Magro cuándo desistir de un
interrogatorio. Tres perfiles desaconsejaban perder el tiempo charlando, a
saber: si el encuestado estaba afónico –en tal caso, bastaba con citarlo dos
días después–; si le unía al criminal una lealtad evidente y enfermiza –de ser
así, preferiría llevarse el secreto a la tumba, con lo cual era infinitamente
más eficaz soltarlo y hacer que lo siguiesen hasta que sus movimientos acabasen
delatando al otro–; y si estaba majareta. Así pues, el comisario anotó en su
libreta: “Bibliotecaria primera: trámite infructuoso, loca”. Luego se encaminó
biblioteca adentro. Las conversaciones que mantuvo con las bibliotecarias
segunda, tercera, cuarta y con la directora de la biblioteca fueron
sustancialmente idénticas a la primera. Todas se negaron a desvelar información
confidencial, todas esgrimieron como excusa su inquebrantable celo profesional
y todas fantasearon con nutridos grupos de hombres vestidos de uniforme.
Ya se
preguntaba Magro si no estaría enloqueciendo él mismo, cuando se le acercó
sigilosamente una mujer de la limpieza –bata azul, guantes de goma, zapatillas
deportivas, melena leonina recogida bajo un pañuelo anudado–. Con un gesto
discreto lo conminó a seguirla hasta un rincón. Allí le susurró:
—Creo
que puedo ayudarlo, comisario.
—¿Sabe
lo que busco?
—Necesita
que le digan dónde vive Arturo Tomillo.
—Así
es.
Ella se
mordió los labios y dio algunos pasitos nerviosos, adelante y atrás, sin
moverse del sitio.
—Lo que
pasa –prosiguió ella con recelo– es que yo no debería haberme enterado de dónde
está su casa, ¿comprende?
—En
absoluto. ¿Quiere explicármelo?
—Pues
que yo al señor Tomillo no lo conozco más que de vista. Él es un hombre amable
que jamás ha fingido no verme, y eso es poco corriente, la mayoría de la gente
hace como si las que fregamos no existiésemos. Pero Arturo no, bueno, el señor
Tomillo; es que yo para mis adentros lo llamo Arturo. ¿Le molesta a usted si
nos dejamos de formalidades y le digo “Arturo” en vez de “señor Tomillo”?
—Como
prefiera.
—Pues
Arturo además es limpio: nunca un papel en el suelo, ni un chicle bajo la mesa,
ni un moco en las revistas. Sale Arturo del lavabo de señores y diría una que
allí ha meado un ángel, con perdón.
—¿Le
importa si abreviamos y me apunta el domicilio del señor Tomillo?
—No lo
sé.
—¿Entonces?
—Pero
puedo acompañarle hasta allí, hasta el mismísimo bloque. El piso tendrá que
preguntarlo. Lo seguí varias veces y siempre lo vi entrar en ese portal.
—Su
declaración, permítame que le sea franco, me resulta extraordinariamente
sospechosa. Si la he entendido bien, no se conocen pero lo ha estado observando
con inusual atención, lo tutea para sus adentros y lo sigue de vez en cuando
hasta su casa. Mientras me muestra el camino voy a tener que decidir si la
detengo.
—Sí,
comisario, lo que usted diga. Pero ¿no le corría prisa la dirección? Entonces
¿a qué esperamos? –y con cuatro hábiles gestos se arrancó los guantes, se quitó
la bata y se soltó el pelo.
—¿No va
a refutar mi insinuación?
—¿Qué
es lo que tanto le escama de mi comportamiento?
—Todo.
—Comisario,
usted no se ha enamorado en la vida –y la mujer cruzó la biblioteca de punta a
punta con el paso decidido de un caballero andante.
A punto
estaban de abandonar el edificio cuando la bibliotecaria primera, que había
recobrado su compostura y su sonrisa rígida, lo reclamó:
—¡Comisario,
comisario! Teléfono. Lo llaman del teatro.
—Aquí
Magro –se apresuró a coger el aparato que la joven perturbada le ofrecía–.
¿Alguna novedad?
—El
director –la taquillera hablaba presa de una inquietud palpable– ha llegado
hace un momento.
—Deduzco
que está vivo.
—Sí, y
amnésico.
—Entiendo.
Denle conversación y tomen nota de cuanto diga. Se han dado casos en los que
las palabras inconexas y las imágenes absurdas de un amnésico han brindado la
clave del misterio.
—Pero
es que este misterio es tan…
—¿Complejo?
—Embrollado.
¿Cree que podrá resolverlo?
—Confíe
en mí, Margarita. Estoy a punto de atar el primer cabo.
—¡Suerte,
comisario!
—Hasta
que esto acabe, prométame que tomará precauciones. Por nada del mundo quisiera
que fuese usted la próxima víctima. No coma sin comprobar antes que los
alimentos no estén envenenados. Y no abra la puerta del teatro a desconocidos.
—A sus
órdenes, Julio –suspiró la taquillera al otro lado de la línea telefónica, y
colgó.
Acera
arriba, Magro desenvolvió el paquetito de la pastelería.
—¿Una
magdalena? –invitó a su guía–. Son las preferidas de Arturo.
—Lo sé.
Le aceptaré un par.
Y
siguieron caminando en silencio mientras masticaban a dos carrillos.
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