Magro y el teatro agonizante (I)
Detalle de la ilustración original de Marc Torrent
La llegada del comisario despertó una tímida esperanza en el jefe de sala y una temerosa reticencia en la taquillera.
—Les hemos avisado tan pronto como nos hemos
dado cuenta de que la desaparición era definitiva. Uno nunca sabe a ciencia
cierta si un espectador va a volver más tarde o más temprano, pero después de
tanto tiempo queda claro que nuestro espectador se ha desvanecido, volatilizado
–resumió el encargado del teatro.
—¿Cuándo lo vieron por última vez? –preguntó rutinariamente
Julio Magro.
Tras un codazo del jefe de sala, la taquillera
tartamudeó su respuesta temblorosa:
—Hace meses. No es culpa mía: yo lo atendí con
amabilidad, le di un programa que ni siquiera estaba arrugado y conté bien el
cambio. No es culpa mía. Tampoco es culpa de la obra. Se divirtió mucho y
aplaudió a rabiar. Se marchó con una sonrisa y hasta esbozó un gesto de
despedida con la barbilla. No lo entiendo, comisario, de veras que no lo
entiendo.
—¿Puedo ver las reservas de la noche de la
desaparición?
—Desde luego. Margarita, enséñale nuestros
registros al comisario.
Magro abrió el libro que le ofrecían y vio
páginas y páginas en blanco: ausencia completa de público desde que asistiese
aquel último espectador que ahora habían decidido buscar. Anotó su nombre y
teléfono.
—El teléfono siempre lo pedimos, por si
excepcionalmente hubiese que suspender la función –le aclaró la taquillera
Margarita.
Ya se disponía Magro a emprender la búsqueda del
espectador desaparecido cuando desde dentro de la sala llegó un aullido
estremecedor. Los tres entraron precipitadamente en la platea y escucharon un
segundo aullido inarticulado proferido por un hombre. Taquillera y jefe de sala
reconocieron la voz del técnico de luces y corrieron escaleras arriba, a ver
qué estaba sucediendo en la cabina. Magro, en cambio, entendió que el hombre
había gritado por algo que había visto y se volvió hacia el escenario: el
cadáver del actor colgaba suspendido de una cuerda, ahorcado.
—Señores, un caso detrás de otro. No toquen nada
e infórmenme si hay nuevas muertes. Primero, procuraré resolver lo del
espectador. Con lo del actor me pondré en cuanto acabe.

Pepa: me encanta como escribes. Qué puntuación, qué gusto para elegir las palabras, qué manera de construir las frases, de modular los períodos, para que el castellano fluya elegante, prístino, cabal, con la sencillez y la discreta hondura de los grandes. Y qué pena, por comparación con el páramo estilístico circundante, que apenas se escriba más así. Felicidades y gracias por darnos este gusto a los que aún lo sabemos apreciar: estoy seguro de que no soy el único, pese a que estas bitácoras, estás islas, suelen parecer siempre monólogos, parajes desiertos.
ResponderEliminarFrancisco, muchísimas gracias por tu encendido elogio. Así es como procuro escribir, porque esos son precisamente los rasgos que admiro en los textos que me gusta leer.
ResponderEliminarY aunque es cierto que las bitácoras te dejan a veces como autor un regusto de estar clamando en el desierto, también es verdad que a menudo sorprende gratamente descubrir que tras la pantalla se esconden lectores insospechados y entusiastas.
Mil gracias, de veras.