Jansen y Greta

Llegó azarosamente a mis manos un volumen de las Pensées de Pascal. No lo leí seguido; tanto rigor cristiano y tanta devoción alada me aburren. Me fascinó, en cambio, el espíritu de revuelta que anima sus palabras, la energía contestataria que se adivina en sus anotaciones. Porque no son más que eso, anotaciones esquemáticas para una obra magna en las que Pascal despliega su comprobada capacidad de razonamiento para ponerla al servicio de la divulgación del cristianismo en que deposita él sus esperanzas. Pascal constituye uno de los máximos exponentes literarios del jansenismo, la doctrina que cundió en los círculos intelectuales de Francia en el siglo XVII y que promulgaba la educación –no en sí misma, sino para hacer del conocimiento un medio para servir a Dios– y una vigilancia espartana de las propias pasiones y de la propia conducta. Podría pensarse que la Iglesia abrazaría a defensores acérrimos y honestos como los jansenistas; en realidad acabó expulsándolos de su seno, incluso se encarceló a algunos de ellos. «Son tan puros como ángeles, pero orgullosos como demonios» se dice que lamentaba el arzobispo de Paris Hardouin de Péréfixe.


En la Abadía de Port-Royal de París, centro teológico del jansenismo, se refugiaron pensadores y escritores. Se contaba entre ellos Madeleine de Souvré, marquesa de Sablé, viuda retirada a la vida conventual en 1655 en Port-Royal des Champs y establecida en Port-Royal de París desde 1669 hasta su muerte en 1678. Cita Pascal en sus Pensées una de las Maximes de Madame de Sablé –la traducción es de Mauro Armiño–: «Todos los grandes divertimentos son peligrosos para la vida cristiana; pero entre todos aquellos que el mundo ha inventado, ninguno es más de temer que la comedia. Es una representación tan natural y tan delicada de las pasiones, que las mueve y las hace nacer en nuestro corazón, sobre todo la del amor; […] // Así nos vamos de la comedia con el corazón tan lleno de todas las bellezas y de todas las dulzuras del amor, y con el alma y el espíritu tan persuadidos de su inocencia, que estamos completamente preparados para recibir sus primeras impresiones, o más bien para buscar ocasión de hacerlas nacer en el corazón de alguien, para recibir los mismos placeres y los mismos sacrificios que tan bien pintados se han visto en la comedia».


Leo el fragmento en vísperas de la desconcertante JMJ y me sorprende la férrea coherencia jansenista frente al frívolo jolgorio pastoral que me rodea. Sablé arremete contra el teatro, cuando el teatro ha sido precisamente una de las más eficaces herramientas de evangelización usadas por su Iglesia en tiempos y lugares de analfabetismo. Sonrío imaginando la cara del comediógrafo Racine, adepto el pobre del jansenismo, al leer las palabras de su correligionaria. Luego se me ocurre una hipótesis descabellada, que si se hundió el jansenismo fue por su ignorante menosprecio al arte dramático, y río a carcajadas sola frente al papel. Lo más probable es que lo reprimieran porque, a pesar de que lo hacían de un modo recalcitrante e inseparablemente vinculado a la fe cristiana, fomentaban el pensamiento. Y eso sí que no.


En cambio ahora la Iglesia es moderna y reúne a sus jóvenes en un festival veraniego internacional –el equivalente piadoso de Benicàssim–. Disfraza la observancia de la fe de actitud rebelde y promueve diversiones inocuas con las que los chicos puedan dar rienda suelta a sus excedentes de emoción y de hormonas. Paseo por el parque y topo con un improvisado torneo futbolístico de selecciones: feligreses locales contra peregrinos italianos, luego peregrinos cubanos contra peregrinos franceses. Todos fervorosos y en estado de gracia; no obstante, son jóvenes y eso significa que, por deslumbrante que sea su pureza, algo tendrán de ese orgullo de los demonios que condenó a los seguidores de Jansen –tendrán, como mínimo, el orgullo de pertenecer a la institución más antigua y abiertamente arrimada al poder que ha existido desde el principio de la Historia–. Me pregunto qué escribiría Madame de Sablé sobre el fútbol, de haber vivido y profesado su fe inquebrantable en nuestros tiempos; porque, aunque forofa declarada, me inquieta la archisabida afición al deporte que reina en algunas de las hermandades cristianas más retrógradas –congregaciones que la Iglesia católica nunca se ha planteado reprender–. Será, me digo, porque mientras uno corre no piensa. O será porque, como sucede con los equipos de fútbol, los religiosos defienden ajenos a toda lógica unos colores que sienten profundamente suyos. ¿A qué equipo jaleará el Santo Padre?


Cuando estén ante la televisión sufriendo el despliegue mediático de la visita papal, bajen el volumen del aparato e imaginen a ese señor solemne vestido con suntuosidad como el cabeza de cartel del FIB. Ya nos lo enseñó Greta Garbo en Ninotchka: no hay ideología que resista indemne un buen ataque de risa.





Si después tienen un ataque de mala conciencia, siempre pueden acudir presurosos al Parque del Retiro a macroconfesarse. ¡Feliz día de la Asunción!

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