La calle Fontanills



El lector, aturdido por el insoslayable prestigio que como autor, catedrático y crítico precede a Juan Antonio Masoliver Ródenas, abre con la debida reverencia La calle Fontanills y se pregunta qué dignidad ignota le habrá otorgado a dicha calle el privilegio de la atención del sabio. Pero no sería tal el sabio si aplastase al lector con la losa de su sabiduría, si le restregase en los morros su propio insondable bagaje o si le reprochase la vergonzosa ignorancia con que ha osado acercarse a su obra.

Con exquisita prosa, de precisión casi cruel, Masoliver Ródenas cincela una magnífica colección de cuentos. En buena parte de ellos nos ofrece un conjunto de variaciones sobre el mismo tema, la escritura, que es al fin y al cabo lo único en lo que piensan los escritores: la creación frustrada, la crítica funesta –por demoledora o por halagüeña–, la avidez de fama, la soledad laboriosa, la prolijidad ridícula, las edades de la creación. Estas historias, que fingen ser narración improvisada o evocación trabajosa de un recuerdo, son en verdad relatos de impecable ilación acompañados de un bajo continuo hilarante y amargo. Hay en el libro otros cuentos que apelan a la emoción y al desconcierto, que le atraviesan inesperadamente al lector el cerebro y el alma, y que se presentan bajo disfraces inofensivos: son historias de niños, de personajes que proceden quién sabe si del recuerdo o de las pesadillas, de topetazos contra un mundo inquietante, absurdo, desencajado. Tras la lectura de algunos de esos relatos, como “La Flaca” o “El jardín de las jaulas”, se detiene el lector a recobrar el aliento –con las puntas de los dedos temblando, incapaz de pasar la página–. Luego concluye otros, como las kafkianas peregrinaciones inacabables de “La Transición” o de “Escaleras al mar”, y le entran ganas de correr a una inexistente Oficina de Reclamaciones y protestar a voz en cuello por la extravagancia y la injusticia de la vida.

Al final del volumen, hace el lector inventario y se le pone cara de fiesta: celebra haber conocido aquel Masnou –sus chicos de buena familia, el Casino, la peligrosísima calle Pere Grau, la escollera–; celebra haber paseado por la Rambla de Cataluña y el Paseo de Gracia de otros tiempos, haber vivido en Barcelona y en el extranjero; celebra haberse enterado de unas pocas falsas verdades sobre Vil Amat –sobre su obra y sobre su futura mudanza a América, donde vivirá con Paul Auster–. La cara que se le queda, en realidad, es una cara de fiesta triste, de fiesta que toca a su fin, porque el lector se resiste a abandonar ese mundo vívido que Masoliver Ródenas compone con retazos del mundo corriente. La calle Fontanills se anda deprisa, pero es una de esas calles que el lector desandaría indefinidamente.

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